lunes, 27 de agosto de 2018

DECIMOTERCER DIA: THE LAST DINNER

Son las cinco de la madrugada y oigo traginar a Doménico  por la cocina. A las ocho, cuando bajo y los saludo, the great  cooker ya  ha  sacado del horno  el  pan y acaba de meter lionesas, está batiendo la crema conque las  rellenará y encima de la mesa tiene  una  gran  lasaña preparada y me ennumera  los diferentes ingredientes que la  componen. También hay una ensalada de tomates con ajo y hierbas de Provenza y una caprese. Además, tres bandejas grandes llenas de tomates de  diferente  tamaño procedentes del jardín de Joe, quien añade que  es nuestra tomatina particular y que algún día le gustaría asistir a la verdadera, en Buñol. En el poco espacio libre, yo escribo con mi  ordenador. Hoy a las cuatro, tenemos cena ¿o comida? Yo no me aclaro, en el  jardín, y vienen varias amistades. 
Anoche la cena fue ligera, clams, o sea almejas crudas que compró y abrió Joe y la clam chowder que nos quedaba. Nos bebimos una botella  de prosecco con los aperitivos y un Sauvignon blanc neozelandés que había comprado yo. Les he dicho que de los vinos me ocupo yo porque se empeñan, ellos y sus amigos, en agasajarme con vinos españoles y no consigo hacerles entender que no quiero vinos españoles porque ya los conozco y lo que quiero probar son los de Napa, Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda, los tienen como rosquillas. Los blancos de Nueva Zelanda son frescos, muy afrutados, ligeros y dejaron atrás, hace tiempo, el corcho y los tapones de silicona. Todos vienen con rosca. 
Aquí el alcohol no se  vende en los supermercados ni en las tiendas, sino  en centros especializados, tan grandes como the groceries. Y ocurre con los vinos lo mismo que con los alimentos: puedes pedir lo que quieras, de la parte más recóndita del mundo, que te lo han traído.
Un blanco neozelandés viene a costar unos diez dólares y a partir de ahí, puedes ir subiendo.
Esta mañana con Joe, hemos hecho nuestro recorrido  habitual de  los tres supermercados, no sea cosa que a Dominic le entre  el mono y tengamos un disgusto. En una sociedad tan consumista, los supermercados abren todos los días, de ocho de la mañana a nueve de la noche. Cuando salíamos, hemos encontrado a Steven y sus tres, ya famosos, perros. Tres setter. Sigo intrigada  con los perros.
Después de the groceries a la playa. Pero, Dominic cambiará dos veces la hora de la cena: a las cuatro, no. A las cinco, tampoco. A las seis y media. Una gran cena de despedida entre amigos que también son míos. Mucha  risa y demasiada comida.  Dominic nos deleita con su plato estrella: Mejillones con chouriso portugués y  beans, La cena acabó con  los marshmallows a la barbacoa, que son una especie de chucherías a base de albúmina y azúcar que se pinchan en un palo y se pasan por el fuego. Entonces saben a merengue, están buenas y todo.
Mañana, lunes, vuelvo a Brooklyn. Aquí les dejo la crónica fotográfica del día. Feliz semana.


Desayuno en la terraza. Los eggs and jam llegarían cinco minutos después.


Con los perros de Steven.




En la sociedad de consumo, la máquina no cierra ningún día.


Branford Point Park Harbour.




Carpe diem, memento vivere!




Joe and me. And Patrick Reynolds, El mercader de Venecia



Esperando al resto de invitados


El plato estrella de Dominic muscles with chouriso and beans.



Devorando silver queen.



Panzianella alla Domenico.



Con los marshmallows.

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