viernes, 16 de agosto de 2019

FERRAGOSTO


No me canso de admirar el arte normando. Ayer estuvimos en el Palacio de los Normandos y la Capilla palatina es impresionante. El palacio es hoy sede del Parlamento de la  región siciliana. Primero fue  una fortaleza de defensa  fenicia y romana. En el siglo IX, los árabes consolidaron  la estructura y construyeron el palacio del emir.
Los normandos, junto con los suebos , lo ampliaron y emplearon una decoración bizantina y árabe. Lo convirtieron en un centro de civilización y cultura. Federico II de Suebia hizo de su corte en Sicilia un albergue de poetas, escritores, filósofos y científicos. Por todas partes del palacio aparece el escudo de los Ausburgo.






En la plaza  de la catedral, nos cruzamos con unos  franceses de la  Saboya. Prácticamente, por el centro, todos somos extranjeros, hoy es Ferragosto, una fiesta laica que los  italianos celebran desde la época del emperador Augusto y que el catolicismo hizo coincidir con la Virgen de la Asunción, con la Virgen de Agosto. Ferragosto es el momento culminante del verano italiano. Las ciudades se vacían y la gente come en familia o con amigos en la playa o en la montaña. Hay desfiles, fiestas, procesiones por todas partes. Y en Siena  celebran el Palio.



Volvemos al Vicolo Guascone atravesando el mercato di Ballarò. Las terrazas están repletas, pero hoy solo trabajan unos pocos vendedores. En nuestro apartamento, nosotros también tendremos nuestro pranzo di Ferragosto a base de una ensalada de rúcula con pimientos asados, tomates secos de Sicilia, mozarella y pesto, gnoccis de patata con champiñones, albahaca y pomodoro.



Vendrán Laura y Margareta con una amiga a brindar por Ferragosto y por nuestra despedida. Y pasaremos la tarde en el barrio de la Calza, en el Giardino Garibaldi y en  el puerto. Mañana nos vamos del vicolo Guascone. Como decía Ernestina  en La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde... Qué triste es despedirnos de las personas que acabamos de conocer. 
Mañana, vía Roma, llega Roberta Barbuscia. Nos vamos de Palermo.






jueves, 15 de agosto de 2019

LA MIRADA CENITAL

Me he traído dos libros a Sicilia. Uno de Enrique Vila-Matas, Marc y su contratiempo. Y la primera novela de la periodista valenciana Amparo Tórtola, Apenas unos segundos. Anoche la terminé. Tórtola recrea la historia del barco Winnipeg, a través de la vida de cuatro mujeres, dos de ellas  reales, Delia del Carril, esposa de Pablo Neruda, argentina, artista, comprometida con su época y el momento que le tocó vivir y la suiza Elisabeth Eidenbenz, creadora de la maternidad Elna.
 La periodista recurre a la técnica narrativa de cruzarnos a través del tiempo y en  diferentes espacios, a cuatro mujeres. La Valencia de los años treinta y su calle de la Paz,  la Francia de la inmediata finalización de la guerra civil española y el campo de concentración de Argèles-Sur-Mer, la maternidad de  Elna, en los Pirineos Orientales y  la Casa de Michoacán de los Guindos, en Chile, en 1984, donde una Delia del Carril, muy mayor, todavía vive y recuerda, le sirven para contarnos una historia real que tanto tiene que ver con nuestro pasado.



El Winnipeg fue un barco paquebote francés construido en 1918, pero sobre todo, y es la historia en la que Amparo nos embauca. fue el empeño de Pablo Neruda de enviar a 2000 refugiados republicanos españoles a  Chile para que emprendieran una nueva vida. Llegaron a Valparaíso un 2 de septiembre de 1939 y no fue una empresa fácil ni exenta de riesgos.
Todo se inició con una carta del último embajador republicano español en Chile, Rodrigo Soriano, dirigida al gobierno chileno, en febrero de 1939, en la que demandaba si este concedería asilo a refugiados españoles en Francia, en pésimas condiciones de vida. Insuperable la descripción que Amparo Tórtola nos ofrece del campo d'Argelès-Sur-Mer: Al menos noventa mil españoles recluidos allí desde hacía dos largos meses. Rodeado de una alambrada con púas, sin más protección que las improvisadas chozas y chamizos que los prisioneros habían construido con los materiales expedidos por el mar, el campo contaba con otra extensa valla que se introducía en el agua y servía para delimitar los perímetros de dos zonas de reclusión: la restringida para los hombres y la reservada a las mujeres y los niños.
La autora, con un lenguaje preciso nos retrata Los lloros de las criaturas ateridas de frío y hambrientas, los lamentos de desesperación de sus madres y los quejidos de los moribundos rompían el silencio espeso y melancólico que presidía aquella cárcel al aire libre. Seguramente, hemos olvidado que en enero de 1939, con la caída de Barcelona, último reducto importante  republicano, se produjo la mayor diáspora  de nuestra  historia reciente. Medio millón de refugiados buscaron huida a Francia como única salvación. Familias enteras que hicieron el trayecto a  pie, a través  de los  pasos de Irún, la Junquera y Portbou. Hasta la mitad de febrero de ese mismo año,  ingresaron en el Departamento francés de  Pirineos Orientales, que  contaba  con una población de cerca de 250.000 personas, cerca  de 350.000, huyendo del terror de la  guerra y sus miserias. El gobierno francés se  vio desbordado y estableció campos en  Argelès-Sur-Mer y otras playas cercanas, sin ningunas condiciones de higiene ni de habitabilidad. Solo la arena  y el cerco de  las alambradas.
El presidente chileno Pedro Aguirre nombró al poeta Pablo Neruda, cónsul especial para la inmigración republicana española con sede en Francia. Pero no todos los chilenos estaban a favor de esta empresa, de ofrecer acogida a  un grupo de  dos mil españoles. Como señala Tórtola El siguiente tropiezo que el poeta debió lidiar -en ello estaba- era la insidiosa campaña a la contra puesta en marcha por la oposición al gobierno del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerdá y apoyada, cuando no alentada por la prensa conservadora del país austral. 



Tórtola recupera la historia de la maternidad de Elna y de la figura de  la enfermera suiza Elisabeth Eidenbenz que permitió  el  nacimiento  de más de medio millar de  niños de  madres refugiadas de la guerra civil española, internas en campos de concentración del sureste de  Francia y de más de doscientos hijos de mujeres judías perseguidas por  el nazismo durante la II Guerra Mundial, hasta que la  maternidad fue  cerrada  por la  Gestapo en 1944.
La autora  ha creado  una historia bien construida, bien escrita y muy, muy bien documentada. Pero, sobre todo, Amparo Tórtola  nos ofrece una impagable metáfora, en la que, recurriendo a las vivencias del  pasado, no es difícil ver reflejada la  realidad actual de esos miles de supervivientes de abusos que proceden de países que generan  refugiados y  con los que Europa no sabe qué hacer. Una mirada cenital sobre el ayer, reflejado en el día a  día de lo que  estamos  otra vez  viviendo, están viviendo miles y miles de personas que huyen de la barbarie y la muerte. Una mirada  inteligente sobre  nuestro presente, a  través de  nuestra  propia  historia.
Como  dicen aquí... Brava, Amparo!



miércoles, 14 de agosto de 2019

TEATRO MASSIMO



Michael Corleone sale muy satisfecho del debut de su hijo Anthony (Frank D'Ambrosio) en Cavalleria Rusticana y sobre la alfombra roja de la escalinata del Teatro Massimo declara sin ambages:  A partir de ahora, el nombre de los Corleone se asociará a la música. Pero Mary (Sofía Coppola) se acerca a su padre para recriminarle que haya interferido en su relación con Vincent (Andy García). Es el precio que este tiene que pagar para ser nombrado Don, Don Vincenzo Corleone y heredar la jefatura de un Michael cansado y enfermo. No hace falta presentar a Al Pacino.


En ese mismo instante, Mosca (Mario Donatone), disfrazado de sacerdote, asesino contratado por Don Altobello (Pietro Mascagni), intenta asesinar a Michael y dispara dos veces. Un tiro apenas hiere a Michael y el otro  traspasa  el pecho de Mary y la  mata.
La familia llora en una escena desgarradora. Connie Corleone (Talia Shire) se cubre la cabeza en señal de duelo, Kay Adams (Diane Keaton) llora desesperadamente  ante la muerte de su hija. 
Al Pacino grita en silencio, en un llanto angustioso junto al cadáver de su hija. El actor interpreta una  de  las escenas  más conmovedoras de  toda su carrera.


Esta tarde, calurosa y llena de  turistas, yo rememoro la escena frente a la  fachada  del Teatro Massimo. Antes de venir, se la he  mostrado a Manuel en el ordenador. Al menos una vez al año, vuelvo a ver la trilogía del Padrino. Los Corleone y Sicilia.
Aunque en la tercera parte, la  crítica se cebó en Coppola, no deja de ser  menos interesante por cómo analiza los negocios de la  Iglesia Católica, entre otras cuestiones.


El Teatro Massimo de Palermo es el mayor de los teatros de Italia dedicados a la ópera. El tercero más grande de Europa, tras la Opera Garnier de Paris y el Staatsoper de Viena. De estilo neoclásico fue dedicado al rey Victor Manuel II. 



La  guía, que se  dirige a  nosotros en  francés e italiano, nos cuenta que fueron  los arquitectos Basile, padre e hijo, quienes se hicieron cargo de  la construcción, terminada en  1897 e inaugurada con la obra Falstaff de Verdi, en cuya plaza se encuentra ubicado el teatro, en pleno centro histórico de la ciudad.


El interior dispone de tres mil quinientos asientos y la entrada mínima para  la ópera, nos cuenta  la guía, es de  ciento cuarenta euros.  El teatro Massimo reabrió sus puertas en 1997, tras una larga etapa de abandono y en estos momentos en su  escenario  podemos contemplar el decorado que  están  preparando para La Traviata  que se representará en septiembre.




Antes de acompañarnos a la salida, la guía nos advierte de que tengamos cuidado con las escaleras. El Massimo también tiene su fantasma de la ópera. Puesto que el teatro fue construido en los terrenos resultantes de la demolición de la iglesia de Le Stimmate y del monasterio de San Giuliano, el fantasma de una religiosa anda suelto y empuja siempre en el último escalón, sobre todo  a los más incrédulos.
Y ahora nos vamos a tomar un helado. Salve y ustedes lo pasen  bien.



martes, 13 de agosto de 2019

EL DOMINGO EN CEFALÚ

Descansamos media hora después de  la  cena y Manuel persistió en ver las estrellas. Al lado del teatro de la Verdura, había  una muestra de productos gastronómicos, artesanía, música y telescopios acompañados de astrónomos que te enseñaban a contemplar las  estrellas. Me enfundé en mi bonito vestido color verde mar, talle imperio, largo hasta  los pies, unas zapatillas blancas, recién estrenadas y para el autobús que nos fuimos a Via Roma. 
El autista, que así es como llaman aquí al chófer, no supo darnos demasiadas explicaciones. Que estaba  muy lejos, que teníamos que coger el 616 o el 645, y que  no nos cobraba  el billete porque él iba  de  retiro.
Cuando llegamos a las  afueras de  la ciudad, tuve un presentimiento, una señal. Mira Manuel, si fuera de día no me importaría ir hasta donde  sea. Pero son las nueve de la  noche y yo no conozco Palermo. Igual no encontramos autobús de  regreso. Bajémonos.
Cruzamos la calle hasta otra parada. A mí apenas me tenían las piernas, que ya no se sabía si de las extremidades superiores o de  unas  aletas se trataban. Cerca de una hora en la parada y una  preciosa siciliana treintañera que esperaba junto a nosotros y a  más  gente, exclamó Non ci la faccio piú!Palermo fa squifo. In Milano, questo non passa. Que viene a significar ¡Estoy harta!¡Palermo  da asco!Esto en Milán no pasa. Le pregunto qué ocurre. Cada vez hay más gente en la parada y no pasa ningún autobús. Me explica que durante el verano, a partir de las nueve de la noche, es muy difícil encontrar un autobús. ¿Por las vacaciones de gli autisti? No, porque no quieren trabajar, me responde. 
Al cabo de hora y media aparece un 806 y vemos que todo el mundo se sube a él, como si fuera  el último autobús que circulara por la tierra. Nosotros nos quedamos en la fermata con otras dos chicas, sin saber cómo acabará la película. Media hora después, aparece un autobús, otro 806 y nos subimos sin pensarlo. Nos deja  en el Politeama Garibaldi, a un paso de Via Roma. La avenida está llena de gente que celebra la noche del sábado en las terrazas, en los pequeños restaurantes.  Veinte minutos andando y llegamos al vicolo Guascone.  ¡Dioses de griegos y de romanos! No puedo con mi alma.


A las nueve de la mañana me encuentro a Inna en la  cocina. Qué tal la noche, me pregunta. Sin comentarios, menos mal que la señal me llegó a  tiempo.
Nos vamos a Cefalú a pasar el día. El tren sale de la Stazione Centrale, que la tenemos a un paso, al final de la  Via Roma, a las once menos veinte. No va muy lleno. Tres cuartos de hora después pisamos esta ciudad del Tirreno.


Al mediodía, la catedral de Cefalú está llena  de  gente que asiste a misa. Es un hermoso edificio que, junto el Duomo y claustro de  Monreale  y el Palermo árabe y normando, han sido declarados por la Unesco, Patrimonio de  la  Humanidad. Caray con los normandos, los hombres del norte, los vikingos, con la mala  prensa que siempre tuvieron y el arte tan exquisito que fueron capaces de proyectar.
Cefalú es una ciudad turística, repleta de italianos y gente de  todas  partes. Además es domingo. La recorremos poco a poco, sin prisas. Buscando la sombra en sus callejuelas.










La playa a la que nos dirigimos es minúscula y está abarrotada. Pero el agua, limpísima. Manuel se pasará cuatro  horas lanzándose al mar, Inna nadará una hora y yo, durante  dos, haré mis largos. 
De  regreso a la estación, al tren le faltan dos horas y media. Así que decidimos dar  otra vuelta. Nos sentamos en  una terraza frente a la playa  y Manuel vuelve a  lanzarse  al agua. Inna y yo iniciamos una conversación en nuestro común nivel de inglés, en la  que cabe de todo. Me  pregunta  qué pienso de Putin y yo le digo que es  el nuevo zar que  tienen los rusos. Ella me  da su opinión, a pesar de que, me confiesa, su marido es  el jefe del gabinete de  Protocolo del jefe de Gobierno de  la República de  Baskortostán y que se encuentra de misión diplomática en Viena, por eso  ella viaja sola. ¡Caramba, qué nivel!





Es hora  de volver a la estación. Pero antes hay que  sacar a Manuel del agua. Seguimos callejeando. Inna me abraza y me dice que sin mí nunca hubiera descubierto Cefalú, me da las gracias. La estación está abarrotada. Llega un tren y preguntamos si va a Palermo, aunque circula en sentido contrario. Unas italianas nos dicen que sí y nos subimos, como mucha  gente. Aparece una  joven revisora, nos  dice que nos bajemos, que el tren se  dirige a Taormina. Por los altavoces, anuncian algo que no entiendo y  todo el mundo se  lanza  a  la otra vía. Llega el de Palermo. ¡Madre mía! Desde mis tiempo de Interrail por Grecia no había visto tanta gente en un tren. Tenemos suerte. Encontramos asiento al lado de una  monja de pulcro uniforme. Manuel me pregunta  si es una sacerdotisa. Y eso que da Religión en el colegio.


Por fin, en el apartamento del vicolo Guascone. Inna solo quiere cenar fruta y chocolate. Pero compartimos  una ensalada y la botella de  vino Pinot grigio que ha comprado. Sorbo a sorbo se inician las confidencias, se comparten emociones, con esa facilidad que tenemos las mujeres para hacerlo. Me pregunta por mi situación personal y cuando se  la cuento, se queda pensativa unos minutos hasta que  susurra... María, tienes que hacer como los rusos, tienes que practicar el budismo. ¿Desde cuándo los rusos son budistas? Lo son sin saberlo, sin el método budista, no hubieran sobrevivido a  todo cuanto  nuestra sociedad ha tenido que padecer: acepta y aprecia el cambio, no te  preocupes porque es inútil, no te obsesiones con los sentimientos, entiende la  realidad como es... Inna sigue con su pausada y tranquila voz, con sus  maneras  eslavas.
Mañana  se va a Taormina y prosigue viaje. Le he dicho que me levantaré para despedirme de ella.
Son las ocho de la mañana cuando deja  el apartamento, no sin antes decirme que en Ufa, en Valencia o en cualquier  parte del mundo, está  segura de que nos volveremos a encontrar. Me abraza y se despide con un Maria, I love you.
Nosotros nos quedamos aquí, esperando a Roberta Barbuscia.

lunes, 12 de agosto de 2019

EN LA PLAYA DE LOS PALERMITANOS

Inna Moisseva es  rusa y  vive en Ufa, capital  de la república de Baskortostán, no lo había oído en la vida. Se encuentra situada al oeste de los Urales y es una de las veintiún repúblicas de Rusia. Cuando llegamos el jueves, prácticamente a las doce de la  noche, al apartamento del vicolo Guascone, nos esperaba Laura, nuestra casera. Nos anunció que compartíamos estancia  con una  mujer rusa. No la vimos hasta  el viernes por la noche. Apareció cuando Manuel y yo acabábamos de cenar. Traía una botella de Pinot grigio y mientras la descorchaba me ofreció una copa. Se la rechacé con una sonrisa. Estaba muy cansada. La excursión a Montereale había resultado muy pesada por el calor. Enseguida me abordó preguntándome qué planes teníamos para el día siguiente. Ir a Mondello y añadió si podía acompañarnos. Claro que sí, a las nueve nos vemos en el desayuno. Inna viaja sola desde principios de mes y hasta el veintidós por toda Sicilia.


Inna es economista y trabaja para el Ministerio de Finanzas de Baskortostán. Una  mujer muy bella y educada que chapurrea el inglés igual que yo, así que nos entendemos de  maravilla.
Laura, nuestra común casera, nos indica los autobuses para llegar a Mondello y después de desayunar los tres, nos vamos a vía Roma a por el 101 hasta el Politeama Garibaldi y transbordo al 806. Los autobuses van a reventar. Es sábado y el calor deja la  ciudad desierta y las playas llenas. 


Mondello es un barrio muy turístico de Palermo. Se encuentra  encerrado entre el Monte Peregrino y el Monte Gallo, separado de la  ciudad por el Parco della Favorita. La zona es famosa  por su playa, que es una de las más codiciadas de Sicilia, por sus villas de Art Nouveau. En esta localidad, en 1975 nació el Premio Mondello, vamos como el Formentor en versión italiana. 


La playa está  de gom a gom, que diríamos nosotros. Familias palermitanas con muchos niños. Pasan los socorristas con sus perros, los vendedores de coco, de bebidas frescas, de toallas, de  flotadores y yo me cruzo la bahía de Mondello dos veces. Pero qué rebruta soy. Y eso que hacía un año que no nadaba.

A las cuatro decidimos  regresar. Llega el autobús completo y el revisor nos dice que él no vende billetes, que bajemos. Los billetes se venden  en el estanco. Conseguimos otro autobús y asiento. Transbordo, calor y ganas de  llegar al vicolo y tomar una  ducha, de cenar temprano porque  la  comida ha  consistido  en un bocadillo.
Pasamos por el Lidel, le digo a Inna que la cena la  preparo yo. Qué vas a hacer. Ensalada  y pasta. Con qué. Ya veremos. Compramos espaguettis, rúcola, Inna se encarga  del vino. Dice que en Baskortostán solo se bebe vino búlgaro muy malo, que los  buenos  resultan demasiado caros.
Mientras ellos se duchan yo empiezo con la cena. En la cocina de  Laura hay muchas especias. Después de hervirlos, les pongo curry, harina de pistacho que compré para  Rubén, esencia de tartufo bianco, un buen chorritón de aceite de oliva  virgen extra siciliano y pomodoro. Y apañado Después cada uno  se  ralla pecorino. Y brindamos con pinot grigio rosado por habernos cruzado en el espacio siciliano, por habernos conocido. Estoy reventada, como la  capitana, que diría mi madre. A la otra  antes de querer nadarme el mar Tirreno, me lo pienso. Y aún tengo que llevar a  Manuel al giardino delle stelle. Salve y ustedes  lo pasen bien.