sábado, 19 de enero de 2013

LA RENTRÉE

Las vacaciones no fueron aquello de lo más halagüeño. Me marché de Francia en el coche de una pareja encantadora formada por  dos chicas, a las que por cierto no había visto en mi vida, que viven en Marsella.
Una estudia Comercio Internacional con una beca Erasmus, es de Yecla; la otra, ingeniera forestal, Master en Acuicultura por la Politécnica de Valencia, nacida en Burgos, intenta encontrar trabajo en este país, con mayores perspectivas que el nuestro, mientras salva el problema del idioma con la cabeza metida entre los libros.
Paramos a comprar ostras en Bouzigues y fue una forma de compensarle a la familia le trou de mi ausencia.
Pero justo ese día, por la tarde, salía la convocatoria de las fechas de los exámenes de enero, convocatoria que por otra parte, articula la Division des Étudiants.
Como los ERAMUS en esta universidad solo contamos con una convocatoria, por el hecho de que podemos matricularnos en asignaturas de cualquier curso, yo andaba bastante preocupada. Y no dejaba de tener motivos para ello: Me metieron tres exámenes el viernes once de enero, todos a la misma hora.
Así que me dieron las Navidades y yo se las dí a mi familia. Si no apruebo los exámenes, pierdo mis becas.
Como vdes. comprenderán el patio español no está como para que sus alumnos anden con zarandajas.
Envié correos a los profesores y algunos se comportaron como lo que son, gente de ....  Como Estrella Massip, la catalana que me ha dado Traduction de la langue. Pero hubo quien me dijo que me pusiera en contacto urgentemente con la Division des Etudiants, sin explicarme ni cuándo, ni dónde.
Creo que lo más importante e intesesante que hice las navidades pasadas, aparte de dejarme arrastrar por la ansiedad, fue montar para Manuel, una vez más y sin permiso de su madre, en el salón de mi casa un campamento pirata a base de paraguas, pañuelos multicolores y una caja, tesoro de bucaneros, llena de bisutería. Pero al día siguiente, rizamos el rizo. Desapareció la cabaña pirata y apareció una Quechua, que se monta en un santiamén, pero que no hay Dios que meta luego en la funda, dormimos en sacos y por la mañana nos despertábamos pronto y pescàbamos en el río, para poder desayunar, antes de que vinieran los osos y la madre de Manuel, Helena, mi hija, que dormía justo en el piso de abajo. Fue fantástico, se lo aseguro. Ni por un instante se le ocurrió a mi nieto ver la televisión y sus dibujos.
Pero, maleureusement tuvimos que volver el día tres de enero. Y cuál será mi sorpresa cuando descubro la Universidad de Aix-Marseille cerrada a cal y canto. La biblioteca, ni lo sueñes estudiar allí dentro, no hay nadie, todo el mundo se ha largado. El gobierno francés decreta vacaciones escolares y universitarias y prohibido aparecer por tu trabajo. Y encima reventamos una rueda, que acabábamos de cambiar, intentando aparcar. Nos la destrozó un bordillo acabado en forma  cuadrangular.
El día siete, mi marido se ha marchado a sus quehaceres y la universidad abre de nuevo. Y me llevan de un sitio a otro para ver cuándo hago los exámenes que se encaballan, como dicen aquí.
Al final todo se ha resuelto. Pero he descubierto que hay exámenes finales en los que sí que te dan el papel para escribir, pero los profesores no aparecen para nada. Son gente, enviada por la Division des Etudiants, quienes controlan la realización de los ejercicios. Inútl preguntar ninguna duda, que no era mi caso por cierto. Inútil... . Me ha escrito esta mañana Rose Prenderville, mi amiga Erasmus. Le ha dado también el bajón. Echa de menos a los suyos y tampoco entiende lo que hacen los franceses. Le he contestado,  que yo también estoy lejos de los míos y tampoco entiendo qué hago aquí. Me lo habían avisado. Os dará un bajón. A los veinte años, nadie echa de menos nada ni a nadie, pero para vosotras será diferente. En ello estamos.

sábado, 12 de enero de 2013

ESTO NO ES UNA PAELLA




 
 
 
 
 
 
 
Desde Nueva York me escriben Joe y Domenico.
Vinieron a comer a La Matandeta el pasado año. Nos habían conocido por Internet y por la serie americana  Spain in the road, again.  Dió la casualidad de que ese día se encontraba en nuestra casa el amigo Xavier Marí, así que puede testificar, si es preciso, la certeza de que viene gente de cualquier parte del mundo a Valencia, con tal de comer en La Matandeta. Discúlpenme la inmodestia, pero puesto que las malas noticias circulan muy deprisa, ayudemos a las buenas que son tan lentas.
Ese día, entre semana y sin muchas aglomeraciones, para su satisfacción y nuestro desaliento, pudieron comprobar in situ, cómo se prepara una paella hecha a leña, técnica que por otra parte está desapareciendo tan rapidamente entre nosotros como las señas de identidad que nos caracterizaban. Todo sea por el bien de la globalización y la aldea mundial.  ¡Vivan las arrocerías y las paelleras con apenas un dedito de gramínea!
El de la izquierda, moreno y con bigotito se llama Joe Orts. El de la derecha Domenico Zampano.
A los postres y debido a mi curisiodad impertérrita supimos que el abuelo de Joe, Roque Orts Mut, salió un buen día de Gandía en busca de mejor fortuna, rumbo a Nueva York. Y allí se quedó y formó familia.
Se me ocurrió decirle que su cara me recordaba mucho a la de Anthony Queen y entonces, Domenico, que se parece a nuestro amigo Rafa Calabuig, de Ontinyent, nos recordó que su apellido coindice con el del personaje que interpretó Queen en La Strada.
A partir de ahí, todo fue coser y cantar. Nos centramos en el cine italiano de los años 40 y 50. Y no nos dieron las diez y las once, que cantaría Sabina, sino las seis y las siete. Después dicen que la cultura no sirve para nada... Un mes más tarde nos visitó la hermana de Joe y su familia, también en busca de sus raices.
¿Por qué este preámbulo tan largo, personas mías? Porque Joe y Doménico nos enviaron estas fotos para contarnos que su Eve,  es decir, su nochevieja en el lejano Nueva York fue celebrada con dos representaciones de la paella valenciana.
Helena publicó las fotos en el Facebook de La Matandeta y hubo gente que elevó su grito al cielo: Això és una paella? Mare de deu dels Dolors!. Casi res porta el diari!.
Eso que prepararon Joe y Doménico para su familia la nochevieja no es una paella valenciana, sino su representación. 
Ellos son conscientes de que para comerse una paella, buena, mala o regular, hay que venir a Valencia. Pero con ese gesto se acordaron de la acogida que les dimos en La Matandeta, de la tierra valenciana y de sus orígenes. Y no hicieron más que pasárselo bien, cenar y pensar en nosotros.

René Magritte, pintor vinculado al movimiento surrealista, intentó en 1928 una relación entre el lenguaje, la imagen y las cosas. De esa época, una de las series más conocidas consiste en un dibujo realista de una pipa, con la leyenda abajo de una frase con letra de maestra que dice Ceci n'est pas une pipe.
Por más realista que pintemos una pipa, el cuadro que representa una pipa, no es una pipa.
La foto que representa una paella, no es una paella.
Por más que salga humo de la imagen de la pipa, nos será imposible oler el olor a tabaco o fumar en ella.
Por más que se empeñen Joe y Domenico, aquello no fue una paella. Pero ellos son conscientes de ello, como lo fue Magritte.
Michel Foucault, en el  artículo Ceci n'est pas une pipe, de su libro La palabra y las cosas reflexiona sobre el cuadro de Magritte. Quizás debería haber reflexionado sobre la paella y la neurosis valenciana, si las hubiese conocido.
He visto que al jambo de Paco Alonso se le ha ocurrido organizar el Año Internacional de la Paella.
Mira que soy crítica con él por muchas cosas. Pero olé sus bemoles. La paellla valenciana es la que se hace en Valencia. Lo demás son representaciones. Pero vivan las representaciones si hablan bien de nosotros y se olvidan de los 300 políticos encausados del PP, de los 65.000 licenciados universitarios que han salido "con afán de aventura", de las noticias tan nefastas que escucho de mi pais  en los informativos  de la Francia de los franceses. Paco Alonso ha salido en defensa de la identidad. La cocina es artesanía y todos los que hemos trabajado en ella sabemos que nunca salen de los fogones dos platos iguales. Que en Castellón a la paella no le ponen pimentón en el sofrito , sino llesques de pebrots, en Benissa pilotes de carn y que la paella de la tia Carmen,  madre de mi amiga del alma, siempre se ha hecho con pollo, conejo y costillas de cerdo. Y está buena a rabiar. Ponerle a los platos de cocina, por muy famosos que sean, denominación de origen es como ponerle puertas al campo.
Viva Paco Alonso y sus bemoles. Al final solo él se atrevió con el mastodonte de la crítica valenciana. Acabaré queriéndolo y todo.

viernes, 4 de enero de 2013

UNA BODA

Es el último domingo del año y Helena me pide que haga de maestra de ceremonias en La Matandeta. Ella todavía no se atreve. ¿Estás nerviosa? Y por qué habría de estarlo si lo mejor que se hacer en la vida es trabajar con las palabras. Helena me cuenta la historia. Justo el día en que yo partía para Aix, sin acabar el verano, los novios llegaban a La Matandeta para concertar su boda. Viven en Malabo, Guinea Ecuatorial.  Patricia, que es valenciana, trabaja para un organismo dedicado al mundo de la cultura, Rubén es guionista de cine y televisión.
La mañana es fría y soleada. Una de esas mañanas en las que la Primavera parece querer resucitar, sin conseguirlo.
Los novios han convocado a su familia y a sus amigos a las doce del mediodía. Hay gente de diversas nacionalidades. Se escucha francés, inglés, alemán, valenciano y castellano. Encuentros alegres y agradables. La novia había pedido como destino Washington, le dieron Malabo, lo que le costó un disgusto. Quizás no sabía que como dice Cortázar uno siempre anda sin buscar, pero siempre acaba encontrando.
Me han dejado un libro El porteador de Marlow. Helena me pregunta por el significado del título y le hablo de Joseph Conrad y la intertextualidad. También les citaré a Erasmo de Rotterdam y el significado del compromiso.
Con media hora de retraso llega el novio acompañado de su madre. Es muy tímido y está muy guapo. Como el resto de los invitados comparte un detalle de su vestimenta en un tejido verde y negro de dibujos tribales. Es la costumbre en Guinea donde cada familia tiene un tejido y un dibujo propios. El día de la boda los invitados aparecen vestidos con la misma tela y diferentes modelos. Aquí se ha reducido a un guiño y un capricho sobre el atuendo.
Me presentan a la prima Carla, la mayor, que hablará como testigo. También lo hará Gilbert, congoleño, del mundo del cine, que ahora vive en Barcelona. Hablamos de la Provenza, la conoce, la añora. Me dice que no me pierda el espectáculo de los colores y los olores cuando llegue la primavera.
La novia llega con una hora de retraso. Me dicen que en Guinea eso es normal, forma parte del rito.
Está tan guapa que se lo perdonamos. Su vestido de flecos, en tono marfil, es precioso. Entra al son de música  guineana, sonrie, le hacen muchas fotos.
Habrá intercambio de anillos y de votos. Agradecimientos y risas. Todo el mundo parece feliz.
A la hora de la tarta, la cortarán a cuatro manos porque una pareja de amigos, que se casó hace un mes no tuvo tarta y ellos les ofrecen un cuchillo, un hueco en su alegría. El ramo de la novia, y una ranchera, para la prima que se comprometió con un mejicano y se marcha a la tierra de Jalisco.
Más discursos, más risas.
Cuando se despidan, Patricia me contará que se van cinco días a Venecia, antes de volver a Malabo. A seguir cogiendo aviones, a seguir experimentando. Y si hay acqua alta. Mejor, me responde, así no hay que salir para nada del hotel y seguimos descansando.


Cae la tarde, se marcha todo el mundo. La primavera, sí que consiguió meterse en este día de invierno.

sábado, 29 de diciembre de 2012

EL PUCHERO DE NAVIDAD EN LA MATANDETA

La casa olía de una forma diferente. Siempre se comía puchero durante todo el año, pero la noche y  los tres días que duraba la Navidad, la casa de mi abuela Emilia, olía diferente.
La iaia se pasaba el año criando un par de pavos para el puchero de Navidad. En el patio de su casa de Paiporta, los pavos, con el moco colgando, nos miraban de reojo, desde dentro de la jaula. Debían de imaginarse lo peor. Ese puchero empezaba a prepararse muy pronto, a las ocho de la mañana, y aparte de las demás carnes, de los embutidos, de las verduras y garbanzos,  de la pelota que no podía faltar, el pavo le confería un olor especial, que la nariz de mi infancia no soportaba, porque yo conocía al pavo, me pasaba el año hablando con él y recriminándole que fuera tan feo y antipático. No sonreía nunca, echaba cagarrutas por todas partes que yo evitaba, pero acababa pisando con mis zapatos de colegiala, por no hablar de los picotazos que me propinaba, si me acercaba demasiado. Era mucho más simpática la gallina de Guinea, que envuelta en una mantita, yo llevaba en brazos por toda la casa. El gallo, con sus plumas de colores y su kikiriki. Los conejos saltarines, siempre frunciendo la nariz y mirando de reojo. No me caía bien el pavo y encima lo metían en el puchero el día de Navidad y se pasaban la comida hablando bien de él. 
Los mayores discutían siempre sobre la misma cosa. El cocido del año pasado estaba mejor que éste. No es cierto, el de hace dos años, tía Emilia, le salió mejor. Os equivocáis, nunca hubo un puchero de Navidad como el del año de la riada. Este sí que ha criado buenos muslos. A mí, pásame un poco del cuello que la pechuga está un poco reseca.  Y tres días comiendo puchero con el pavo dentro. 
El resto del año, afortunadamente, nunca había pavo en el puchero, era como un puchero más pobre.
Cuando la iaia murió de una embolia cerebral, un diciembre, muy poco antes de la Navidad, ese año no hubo puchero, ni reyes, ni regalos. Misas y trajes de luto.
Mi madre ocupó el puesto de la aia preparando el puchero y reuniendo a la familia esta vez en nuestra casa de Sedaví. Y otra vez los medallones del caldo, tan espeso, suculento. Ya no había pavo en el patio, pero seguía en el puchero. Y otra noche y tres días celebrando la Navidad con una gran familia.
Cuando murió mi madre, se acabó el puchero y la familia reunida. ¿Por qué? Nadie se preocupó de ocupar su lugar. Yo solo tenía veinte años.
Hace veintiún años que el día 25 preparamos el puchero en La Matandeta.
Para tanta gente, hay que empezar el día anterior preparando un fondo madre, en el que metemos carcasas de pavo, que dan mucha sustancia, huesos de ternera, una pata de ternera, corbets de cerdo, huesos de cordero y mucha verdura para perfumar. Con ello se rellenan tres grandes cacerolas.
Al día siguiente este fondo madre servirá para llenar las diferentes cacerolas en el que se cocerán por separado las carnes y las verduras. Blanquet y morilla oreada que no falten. Muchos garbanzos. La pelota, el poltró, se lo compramos a Pepa Palanca en el Mercado Central. Cuando las carnes estén cocidas se vaciarán los caldos, que se volverán a juntar en las grandes cacerolas que después servirán para ir cociendo el arroz por separado según las mesas que vayan entrando. Si el arroz no tiene mucho caldo, olvídense. Porque lo bueno del puchero es el caldo. Pónganle unas gotas de limón y saboreen. Es increible. Un caldo que levanta los espíritus y reconforta el cuerpo.
Hace años que me reconcilié con el pavo. Ahora solo falta que me reconcilie con la Navidad. Buen provecho.



viernes, 14 de diciembre de 2012

COCINAR LA VIDA

A la profesora de Traduction de la Langue: Thème, que es catalana, le hace gracia que mi apellido coincida con el de uno de los personajes de Penja els guants, Butxana, le digo que no es tanta casualidad. Ferran Torrent y yo somos de Sedaví y allí ese apellido, de origen mallorquín, es tan corriente, como en otros sitios Pérez. Mme. Massip ha puesto como lectura en sus clases de traducción de catalán este libro y ha invitado al autor a participar en un coloquio con los estudiantes el próximo mes de mayo. En estas estamos, cuando llegamos a la biblioteca de la Facultad, que últimamente se ha convertido en mi casa.  Paso muchas horas aquí metida, pero he de confesar que es una biblioteca muy pintoresca. La gente come,  habla por el móvil, liga, charla con los amigos. Lo de comer dentro de la biblioteca lo entiendo, porque afuera la temperatura no ha subido de tres grados en toda la semana, pero lo demás... Varias veces al día se oye por el altavoz: Attention! Il faut vous souvenir que vous êtes dans un lieu de travail, respetez le silence! Nada que hacer, la gente a su marcha.
 Pero esta tarde no me quedo, ha salido el sol, después de una semana con lluvia y mi trabajo marcha bien. Solo me queda un examen el lunes con Fred Asteire y desde luego que no va a poder conmigo.
Así que decido dar un paseo y me acerco al Cours Miraveau que está decorado para la Navidad. Lo han llenado de pequeños chalets donde venden artesanía y productos típicos de la Provenza. Al final de la avenida, justo en la zona de la Rotonde Bonaparte han puesto la fête foraine  que por las tardes se llena de niños  Le manège no para de dar vueltas y hay cola para subir a los caballitos y para comprar barba-à-papa.
Cuando se lo cuento a Derek Moxon, mi casero, me mira sin sonreir y me contesta: ¿Y eso te excita? Hombre, no es que me ponga a cien, ¿verdad? pero me gusta oir el jaleo que montan los niños. Donde hay niños, hay alegría. Y sobre todo, me acuerdo de Manuel, ¿quieren que les diga la verdad? De toda la familia, es el miembro que más echo de menos. Paso muchas horas con él, puesto que no somos unos abuelos de visita, sino que convivimos con él y con sus padres. Así que lo he visto crecer día a día y procuro poblar su imaginación de caballeros andantes, saltimbanquis y fonambulistas, antes de que cumpla siete años y el uso de razón acabe con esa inocencia mágica que ahora tiene.
A la hora de tomar la decisión de venirme aquí, fue lo que más pesó en contra: perderme el día a día a su lado, redescubriendo el mundo a través de sus ojos y sus palabras. Pero sin darme cuenta, el cuatrimestre, que aquí lo llaman semestre, ha terminado y no estoy arrepentida para nada de la experiencia. El martes vuelvo a casa y lo hago en el coche de dos chicas, a las que no he visto en la vida, que me recogerán en la Gare routiere de Marsella. Espero que funcionen las sinergias.
Vuelvo a casa a pasar las vacaciones de Navidad, trabajando en La Matandeta y preparando mis exámenes de enero. El día de Navidad tenemos puchero y es un rito para mí prepararlo tal y como lo hicieron antes mi abuela y mi madre, para toda la familia, solo que esta vez la mía es mucho más grande.
A sí que ya saben, si quieren que nos encontremos y les cuente mil anécdotas de lo que he descubierto en Francia, de la gente que he conocido y de cómo se vive aquí, nos vemos en La Matandeta. Hay que seguir cocinando la vida. Un saludo a todos y felices fiestas.