lunes, 19 de noviembre de 2018

TANIA

Lo que peor llevo de mi nueva vida en Requena son los domingos en la tarde-noche. Decía mi  amigo José Vázquez Ni en Pekín, ni el Lyon. Las tardes de los domingos son un tostón. 
Ayer tuve una agradable comida en La Matandeta con un par de amigos que me hablaron de la relación que existe entre la arquitectura y la sociología. Y de Le Corbusier, un agitador cultural, padre de la arquitectura moderna. En 2006 parte de su obra fue inscrita como Patrimonio de la Humanidad, bien cultural en siete países: Alemania, Argentina. Bélgica, Francia, India, Japón y Suiza. Realizó innumerables proyectos, muchos de los cuales no llegaron a ver la realidad, pero se proyectaron sobre generaciones posteriores de arquitectos. En agosto de 1965, a los setenta y ocho años de edad, se fue a nadar en el Mediterráneo francés, desoyendo los consejos de su médico. Su cadáver fue encontrado por unos pescadores. Le dió un ataque al corazón. Vamos, que se murió como le dio la gana, que es la mejor forma de enfrentarse a la muerte. 
Había caído la tarde y yo debía emprender mi viaje de vuelta hacia Requena. A esas horas la autovía está desierta. Llovía y yo puse a Leonard Cohen. La melancolía del canadiense me produce una sensación extraña mezclada con el paisaje que contempo. Como lágrimas en la lluvia. Se lo que me espera esta tarde noche de domingo, como todas. Lo he pasado tan bien con los míos. A la entrada de Requena hay una cafetería en la que suelo parar. Voy al lavabo y pido dos aguas en la barra. Una con gas y la otra sin. Pero por favor, sin un vaso de tubo. Odio los vasos de tubo como odio la lechuga iceberg.
Y allí está ella. Tiene menos edad de la que aparenta. Unos ojos que parecen sumergidos en un pozo, una sonrisa muy tenue. Se queda apoyada en la cafetera mirando cómo mezclo las aguas, cómo me las bebo y después me cobra y me dice adiós.
Tania lleva tatuado en el antebrazo interior derecho  el reloj del conejo de Alicia. Nunca cruzamos más de dos palabras. Pero ella me mira fijo a través de su profundo pozo. Sin pedir nada
Tania es la hija de una prostituta del barrio chino de Valencia. Su madre la regaló como al resto de los nueve hijos que tuvo. Un día, cuando no tenía  más de dos años y era una muñeca rubia preciosa, su madre la llevó consigo a un bar lleno de hombres. Mientras la madre buscaba un cliente, la niña jugaba en el suelo y la camarera, una chica que ya venía de otras historias sin final feliz, se enamoró de ella. La madre de Tania volvió más veces al bar por su trabajo, la camarera no le perdía la pista a la niña. Y un día, la madre de Tania se la regaló.
La historia es mucho más larga. El padre de Tania acabó de pareja de la madre de corazón, que fue a la consellería y reclamó a la niña. Se la dieron. Mejor eso que un centro de acogida.
Que por qué se todo esto si nunca cruzo más de dos palabras con ella que me mira desde la  profundidad de su misterio? Porque no creo en la casualidad, sino en los hilos invisibles que mueven a las personas y que cruzan sus espacios.
Esta semana, en Requena, me hice la manicura. La mujer que me atendió me contó la historia de Tania. Ella es su madre de corazón, la que la recogió. Eugenia no sabe  que yo conozco  a  Tania. Tania no sabe que hablo con Eugenia.
 Hay otra Tania en mi vida. Pero esa es otra historia.




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