jueves, 1 de noviembre de 2018

EL TANCAT Y JUDITH





                                                              A C. Ch. por  nuestras conversaciones





Hola, María, ¿Me llevarías  el viernes al Tancat  de la Pipa? Me he  apuntado a un curso de birdwatching. Estoy haciendo las prácticas  del máster en la  Agencia  Valenciana  de  Turismo y sabes que a la  gente de mi país le encanta observar pájaros.
Pues. claro que  sí. El viernes te recojo en el Kramer, comemos en mi casa y te  llevo.Y dónde cojones estará el Tancat de  la Pipa, pensé.
 César Chamorro había llegado a Valencia desde  Perú. Su familia era de la alta sociedad limeña. Parientes lejanos de los Vargas Llosa. Había hecho la preinscripción en tres universidades: Washington, Seattle y Valencia. Lo aceptaron en las tres. Llevaba trabajando para el gobierno peruano cinco años. Sacó su plaza entre setecientos aspirantes y hablaba el inglés, como si fuera para andar por casa. Tenía una novia lindísima que se había metido entre ceja y ceja casarse con él y tener un par de niños ya. Pero ya. Y lógico, a los treinta años, le entró el pánico.
Así que se vino a Valencia donde una de sus hermanas estudió sociología y trabajaba en una ONG. Está felizmente casada con un valenciano y tienen una niña. Otro, se repartía entre Barcelona y Madrid con proyectos de diseño y recalaba en Valencia con su mujer, analista de datos. Dos más, instalados en  los Estados Unidos. Vamos, que el niño no andaba por el mundo descalzo.
Sucedió que nos matriculamos en el mismo máster. No nos habíamos visto en la vida, pero creamos un grupo de watshap entre los compañeros (y compañeras, por supuesto) y yo empecé a enviar mi blog, mis amaneceres, mis canciones. Nunca las sirenas cantaron tan bien. Eran cinco horas de clases con gente que la mayoría habíamos pasado la mañana trabajando. A media tarde, yo sacaba de mi bolso de Mary Poppins una tableta de chocolate negro y la compartíamos. Había que subir la serotonina.  Cada vez se sentaba más cerca de mi. Hasta que... No se dio cuenta y me lo traje a casa. Cuando encuentro a alguien en la calle que me cae bien...
Aquí vio quiénes somos, escuchó nuestro relato. Esa primera Semana Santa en soledad, Manuel, él y yo nos hicimos un montón de kilómetros. Lo machaqué con las canciones en francés, con mis relatos, con mi poco sentido de la orientación. Nos perdimos un montón de veces.Y sin embargo, resistió.
María, ¿Me llevarías el viernes al Tancat de la Pipa? Y al fin del mundo, hijo, si hiciera falta.
Comimos una paella, hablamos de un montón de cosas. A sus treinta años, ya vivió uno en Israel. Trabajaba en un kibutz. Le gustaba el país, la ciudad. Lo malo es que siempre estaban tirando bombas. ¡Ja, ja, ja! Se marchó a Rusia para cuatro meses y el amigo de su padre, diplomático, olvidó recogerlo y se perdió. Esa es la mejor forma de encontrarse.
¿Vamos para el Tancat? ¿Qué estará en Silla, en Catarroja? Dos horas y media dando vueltas con mi coche amarillo por los caminals de la Marjal. Y él por el móvil hablando con la monitora e indicándome cómo tenía que llegar.
Pero, María ¿por qué cada vez que quedo contigo nos tenemos que perder? Porque forma parte de mis encantos. No, María, no es eso. Creo que se trata  de tu afán por sublimar la realidad y convertirla en literatura. Si te pierdes, sabes que encontrarás una historia. Pues eso.
Otra vuelta más. Llegamos por un caminal que da a parar a una valla sin salida de la autovía. Doy la vuelta y le digo Mira ahí tienes patos, ve mirándolos y nos vamos a tomar una cerveza.



Era una tarde preciosa, pero todos los bares y chiringuitos que encontramos a nuestro paso estaban cerrados. Cruzamos la autovía  y en frente de un tanatorio  encontramos una terraza donde sentarnos. César y yo empezamos a hablar de psiquiatría y me descubrió el periodismo gonzo. Me habló de Hunter y de su carta al amigo. Aquel joven de treinta años me estaba enseñando un montón de cosas que yo desconocía.  Ante nuestra vista, pasaban chicas preciosas. Vestidas de una forma atrevida y muy maquilladas. Entraban en el establecimiento en cuya terraza estábamos hablando. Hasta que me dí cuenta de la situación. Oye, César, ¿sabes que nos hemos sentado en la terraza de un puticlub? ¿Y qué es eso? Me respondió.
Entonces la conversación cambió de ámbito. Y me contó su primera pulsión sexual.
Tenía trece años, mis hermanos andaban por los dieciocho y los veinte. Yo los veía salir con chicas, hablar de sexo.  Traer revistas a casa con señoritas ligeras de ropa... 
Pero yo no tenía otra  obsesión que entrar en la habitación de mis padres, aquellas tardes  del verano limeño, cuando no había nadie en mi casa, salvo las macumas que dormitaban sentadas en la cocina y ante una reproducción de la Judith de Gustav Klimt,  masturbarme. No me ponían las revistas de mis hermanos, ni sus novias. Era sencillamente aquel cuadro. Aquella mujer dorada, su mirada lujuriosa, sus pechos duros como piedras, su mano triunfadora sobre aquella cabeza de hombre. No conocía la historia. Pero me gustaba ella. Tan diferente a las mujeres sumisas que venían a cenar con mis padres. Ella era solo ella. Una mujer desnuda frente al mundo y triunfadora. Con la cabeza de un hombre derrotado. Vengativa, dueña de su propia historia.  Capitana de mil batallas. Una persona tan igual a mí... Era una sensación extraña. Me encantaba la Judith de Klimt. Me obsesionaba con ella. Yo tenía que encontrar en el mundo una mujer así. Tenía  trece años, mi descubrimiento del placer sexual y a la Judith hasta que una tarde... Llegó mi madre y me pilló con las manos en la masa. No se enfadó. ¿O sí? 
¿Sabes que te digo? Le respondí. Si tuvieras treinta años más... Te tiraba los tejos.
Ja, ja, ja.
No, no te rías. Y seguro que no te me ibas a escapar.

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