domingo, 2 de septiembre de 2018

EPIÍLOGO: TODO FLUYE

                                              Hay que caer y no se puede elegir dónde
                                        Pero hay cierta forma del viento en los cabellos,                                                                    cierta pausa del golpe,
                                        cierta esquina del brazo
                                        que podemos torcer mientras caemos.
                                                  
                                               Roberto Juarroz



                                A ti, Sergio Moreno.




Por mucho que corra Ulises, nunca alcanzará a la tortuga. La María Dolores que marchó hace veintiún días a Estados Unidos, no es la misma  que regresó  ayer. Las emociones que me perturbaron desde la madrugada del veintritrés de febrero, y quizás antes también... La rabia, la ira, el odio, el rencor, el menosprecio, han fluido fuera de mí, como si de un torrente imparable  se trataran. Nada fue lo mismo desde aquella fecha y nada lo volverá a ser.
Pero no quiero despedir esta crónica sin hablar de la víctima colateral de mi gran  equivocación. Es la única forma que tengo de  hacerle justicia.
Tiene  cerca de setenta años, vive en Sofía, Bulgaria y se llama Anka Koleva, Anie, nuestra Anie.
Llegó hace diecisiete años a  Valencia. Había  enviudado después de  la larga y dolorosa enfermedad de su marido y se había quedado con una exigua pensión. 
Junto con otro grupo de mujeres, fue reclutada en su país para venir al nuestro a trabajar. Anie pasó un mes recogiendo naranjas en los campos de Castellón. Un autobús la llevaba a ella y a otras compatriotas hasta Burriana cuando aún era bien cerrada la madrugada y las devolvía de noche. Pasado un mes, la mafia que las había traído cobró los sueldos y las dejó abandonadas en los  naranjales. Tuvieron que desandar el camino a pie.
Anie compartía piso con otra búlgara que por aquel entonces cuidaba de mi suegra, enferma de Alzheimer, es así como vino a parar a La Matandeta una temporada de comuniones. Era amable, muy trabajadora y su sonrisa resultaba muy  siniestra porque el stress provocado por la larga enfermedad de su marido, la había dejado sin dientes a los cincuenta y tres años.
Recuerdo que aquel septiembre, empezó a trabajar todos los días con nosotros y en cuanto se promulgó aquella ley de extranjería que abrió tanto la mano en un  país en plena burbuja  económica, le arreglamos  los papeles.
Anie trabajaba muy duro en La Matandeta y siempre  estaba contenta. Mi padre, con la ironía que lo caracterizaba, solía decir, esta mujer, antiguamente, hubiera hecho rico a su marido. El dormitaría a la sombra y ella con los machos araría el campo. Anie igual limpiaba los comedores, los lavabos, nuestra casa, que la de mi padre. O preparaba ensaladas y torraets. Cuando llegó Manuel y hubo que darle la primera  papilla, ni Helena ni yo nos aclarábamos y fue Anie quien lo convenció de que había que dejar atrás la tetina porque había llegado el momento de la cuchara.



Hace tres años, Rubén necesitaba personal en la cocina. Y yo me acordé de Ana Blasco. La habíamos conocido con veintiún años. La trajo una amiga, Alicia, para ayudar en la limpieza. Era quien despertaba a Helena los fines de semana para limpiarnos el piso.
Ana Blasco era como de nuestra familia. Cuando cumplió treinta años, yo le organicé una fiesta sorpresa con todos sus compañeros. Acabamos  en la Malvarrosa y menudo susto le habíamos dado. Es lo que ocurre en hostelería. Son muchas horas, mucho stress, un trabajo pesado y el roce hace el cariño. Y tanto.
Un buen día, se enfadó con Rafa por  lo que había cobrado y no volvió más. Eso también  es normal en hostelería, que por mucho que se pague, nunca lo estará bien.
Pero no perdimos el contacto. Ana  Blasco estuvo en el entierro de mi padre y en la  boda de Rubén y Helena.
Como dije, hace tres años, la volví a llamar. Era un rollo, me comentó Rafa porque no tiene carnet de conducir y había que  ir a buscarla y devolverla a Paterna, donde vive. Es muy lenta, añadió Rubén, dadas sus condiciones físicas, no resiste tres días seguidos de trabajo en la cocina. Pero yo aposté por ella. Por su bondad, su discreción, lo mucho que apreciaba a toda la familia.
Justo hace tres años es cuando peor  estaban las cosas entre nosotros cuatro. Las relaciones familiares y laborales no suelen  tener los  límites definidos y ya  se sabe que, cuando la miseria entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Esta crisis no fue para personas normales, sino para personas excepcionales y nuestras relaciones se  resintieron.
Recuerdo que por entonces yo cursaba  el máster del  profesorado, en mi  afán por reinventarme y volver al mundo laboral, fuera de La Matandeta. Vivíamos en Sedaví y yo paraba poco por el restaurante. Anie, trata muy mal a Ana Blasco. Anie no se  porta bien con  ella, Ana Blasco dice que no tiene por qué aguantar ciertas cosas y se  marcha, empezó a decirme Rafa. Era incomprensible. Los fines de semana siempre se ha reforzado el personal de limpieza con gente de todas partes. Marroquíes, españolas, rumanas, bolivianas, ecuatorianas. Anie nunca tuvo jamás ningún problema con ellas. El trabajo  más duro siempre se lo llevaba nuestra querida búlgara y nunca tuvo una mala cara, ni una mala palabra con nadie.




Cuando le preguntaba a Ana Blasco qué tal se comportaba Anie con ella, siempre me contestaba con evasivas... Bien, si, no, depende, a veces. Pero Ana Blasco tiene esa virtud o ese gran defecto, nunca  te cuenta nada, aunque te lo pregunte  todo.
Como ya dije, estuve poco en La Matandeta, pero no entendía ciertas cosas que estaban ocurriendo.
A Helena y a Rubén también les parecía que el comportamiento de Anie con Ana Blasco era muy extraño.
No fue un buen tiempo, lo reconozco y a mí me calentaron la cabeza. Así, que puesto que Anie estaba en la edad adecuada para jubilarse y a mí no me parecía bien que le hiciera la puñeta a mi querida Ana Blasco, fui con Rafa al gestor para ver cómo estaba el asunto de su jubilación. Le expuse que no había derecho que se comportara así con una chica que solo había venido a quitarle trabajo. Rafa, a mi lado, callaba y otorgaba.
Llegó octubre y yo me marché por primera vez a los EE.UU. Desde allí le insistía a Rafa en que solucionara el problema entre Anie y Ana Blasco. Y ello pasaba por la jubilación de la primera.
A mi regreso, Rafa tenía los papeles preparados y cuando le planteó el asunto a Anie, ella le pidió dos años más en España. Solo dos años. Estaba ayudando a su hija a pagar  un piso en Sofía y los estudios de su nieto en Holanda. Solo quería dos años más con nosotros para irse con unos buenos ahorros.
 Firmó los papeles de su jubilación y  los echó a la cara de Rafa, pero ni lo amenazó, ni lo chantajeó.
La tarde de domingo en que despedimos a Anie, nos trajo dulces de su país que ella misma había cocinado y yo, a pesar de todo, no pude contener las lágrimas.  Ni ella, tampoco. Le regalamos un reloj.
Ahora entiendo la mirada de satisfacción que tenía Ana Blasco. Gracias a mí, había ganado. La mujer que podía delatarla se marchaba lejos. La misma mirada de satisfacción cada vez que nos veía discutir a Rafa y a mí. O cuando Helena le contaba algo negativo que nos había sucedido.
A principios de julio, escribí a Anie a través del Messenger para contarle los últimos y tristes acontecimientos que habían sucedido en mi familia. Me contestó que no se sorprendía de nada. Ella sabía desde hacía tiempo de la relación que existía entre Rafa y Ana Blasco y por eso no soportaba a aquella mujer. Se me cayó el mundo a los pies. ¿Qué había hecho yo? Ser injusta con la mujer que me quería y generosa con la que me estaba engañando.
¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no me previno de lo que sucedía delante de mis ojos y yo era incapaz de ver? ¿Pensó que ella sola, a codazos y empujones sería capaz de sacarla de nuestra casa y de nuestras vidas?
Anie  los últimos años se había quedado completamente sorda, nos entendía porque al cabo de tanto tiempo era capaz de leernos los labios, por eso difícilmente podía expresarse en español. Además, nosotros en casa siempre hablamos en valenciano. ¿Fue esa dificultad la que le impidió tomar una determinación? No lo sé. Solamente sé que no era Anie quien se tenía que haber marchado de mi casa. Fue como tener a mi lado, durante  tres años a la madrastra de Blancanieves disfrazada de abuela de Caperucita Roja.
No creo que me lo pueda perdonar jamás, haber sido tan injusta con Anie, la mujer que dio tanto a mi  familia. Pero me erigieron en juez y me engañó  tanto el fiscal como el abogado defensor.
En cuanto tenga unos días, viajaré a Sofía para abrazar a Anie y volverle a pedir perdón. Le llevaré a ese niño, Manuel, al que vio nacer, ayudó a criar y al que quiere tanto.
No mereció  la pena sufrir  por quien hace tiempo  dejó de amarme  y además fue desleal conmigo. Para entender este axioma tan simple, he tenido que marcharme  muy lejos. 
No volveré a escribir en este blog sobre estos asuntos. He  cerrado este  capítulo  de  mi vida. Por fin. Le he puesto un candado y eché la llave al rio Hudson. No arranco la página, pero la paso.





Ha llegado septiembre y hay que ponerse a trabajar. El lunes a las nueve tengo que estar en Requena, en el Instituto Oleana, donde este  cursó impartiré clases de francés. Lo primero que  pienso preguntarles a mis alumnos es por qué el instituto se llama así.
Tengo que ver cuándo es la defensa del trabajo de final de máster de mis compañeros porque quiero asistir y tengo que hablar con Rosa Yagüe mi tutora, quien entendió que primero era yo y mi equilibrio psicológico y, después, seguir con Enoturisme en Terres dels Alforins. El cas de El Celler del Roure. Ahora, ya estoy preparada para seguir con el proyecto.
He de llamar a Emèrit Bono, por la semblanza que me ha pedido Emili Marín para su libro sobre la transición.
Necesito un fin de semana largo para ir a Milán. Gaia di Filippo, que ahora vive allí, quiere que pasemos unos días juntas. En Dublin, me espera Rose Prenderville, como las dos hemos vivido lo mismo,  seguro que tenemos mucho de qué hablar.
Antes de que acabe el año, quiero ir a `Puyricard a visitar a mi casero inglés, Derek Moxon. Acaba de cumplir ochenta y cinco años y no queda mucho tiempo. Phillippe y Guylaine Fortyn me ofrecen su casa durante mi estancia. En Marsella, Sonia Lefèvre  sigue teniendo un sofá para mí, siempre y cuando ella  no ande por Nueva Zelanda, Malaisia o Cabo Verde.Y esta vez, no tengo que dejar de pasar por Eguilles, Constance Thiery estuvo  en agosto en Benicassim y quería acercarse a verme a La Matandeta, pero yo andaba ya por Nueva York.
Carmen y yo tenemos que llevar al joven ecuatoriano, Carlos Chungata, a Madrid. Y Elena Delgadova y Juanma Puig, cada vez que vienen a casa me invitan a visitarlos en Eslovaquia, pero ese viaje tendrá que esperar a la Semana Santa. En mayo, Dominic y Joe quieren que coja un Ryanair y nos encontremos en Oporto. Y después está la cuestión del australiano que me ha pedido que vaya a Merlbourne y me enseñará Australia.
Y organizar un gran Buida la Cambra para dentro de un mes en La Matandeta…

Creo que este será un buen otoño. No, no lo creo. Estoy segura de ello.
Gracias por todo y hasta pronto.





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