viernes, 31 de agosto de 2018

DECIMONOVENO DÍA: DESPIERTA EN LA CIUDAD QUE NO DUERME





                                                                                      "These vagabond shoes
                                                                                       are longing to stray
                                                                                       right through
                                                                                       The very heart of  New York.
                                                                                        I wanna wake up in the city
                                                                                        that doesn't sleep
                                                                                        and find I'm
                                                                                         king of the hill
                                                                                        top of the heap".
     

                                                                                                     New York, New York
                                                                                                          Frank Sinatra

Ayer por la tarde regresé en el metro, desde Washington Square, en el Willage, hasta el World Trade Center, allí empecé a caminar por la Avenida Broadway hacia Gran Central Station. Cada vez que preguntaba si iba en buena dirección, la gente me aconsejaba que cogiera el metro, pero  yo seguía caminando como si no hubiera un mañana. Atravesé el Soho, Canal Street y por tanto Chinatown. 
Broadway supera los límites de Manhattan. Comienza en Bowling Green y acaba en Albany, la capital del Estado. Tiene doscientos cuarenta y un kilómetros y fue una senda de los indios algonquinos, a través de los bosques de Manahtn. Cuando los holandeses fundaron New Amsterdam, la actual Nueva York, convirtieron la senda en una calle y la llamaron Breedewg. En 1664 los ingleses tomaron la ciudad y tradujeron el nombre holandés por Broadway.
Sigo atravesando la avenida y encuentro de todo. Una tienda de vitaminas en donde me surto, una de rebajas y allí me compro unos Levi's, el Empire State Building, los teatros. Y en el cruce con la W. 42, la Gran Central Station  que es mi objetivo.
Una ducha, una llamada... Pero me espera la ciudad que nunca duerme. Cojo el metro hasta Brooklyn Bridge, lo cruzo hasta la mitad y se me rompe uno de mis zapatos vagabundos. No estaré toda la noche despierta en la ciudad que nunca duerme.
El regreso es lento. Ya no pasa el 5 y me conformo con el 4 que me deja en la Nostrand Avenue, todavía ando un buen rato con un zapato roto.


Son las nueve y media de la mañana. Mi avión no sale hasta  las ocho menos cuarto de la tarde, pero  el viaje de regreso hace horas que comenzó. Guardar  mis cosas en la maleta, trazar el trayecto en metro hasta  el JFK Terminal 4, recoger mi ropa y  parte de  mis emociones de  estos días americanos. Otras muchas se quedan  aquí, esperando que  algún día vuelva  a buscarlas.
Quiero  estar despierta en la  ciudad que no duerme. Quiero estar siempre despierta en la vida  que me acompaña, en el tiempo que tengo para vivirla, en el  espacio que transitaré...






jueves, 30 de agosto de 2018

DECIMOOCTAVO DÍA: THE VILLAGE






                                                           


















                                                   "que comieron fuego en hoteles de pinturas o bebieron
                                                     trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron
                                                     sus torsos a un purgatorio noche tras noche".

                                                                                                          Aullido

                                                                                                        Allen Ginsberg



El remero no quiso cruzar el Atlántico conmigo. Dijo que tres seríamos multitud y prefería que nos encontráramos en el Village. Sabía que, de todos los barrios que tiene Nueva York, era el único en el que se avendría a que nos citáramos. El remero no cuenta muchas cosas,Never explain, never complain . Quizás porque está a vueltas de ciertos asuntos, sobre todo en cuestiones de amor,  o tal vez porque durante meses le resulté patética, tirada en mi sofá, unida a él por el watshapp. El remero tuvo  paciencia infinita conmigo durante todo ese tiempo que ya pasó.
Será por eso que me citó en el Village, sin día, ni hora. Quería cobrarse el trabajo dedicado a mi desvarío. 
Supe esta madrugada que la cita era hoy, entre otras cosas porque llevaba varios días en silencio. Cogí la línea cinco y solo tardé un par de horas en aclararme, pero llegué.
En Washington Square, los viejos jugadores enseñaban a los jóvenes, como si estuvieran rodando Buscando a Bobby Fisher. Pero ni rastro del remero. 


Comí en un pequeño thailandés, me tomé un helado en una  de las furgonetas ambulantes, caminé sin rumbo, en espera de que se produjera el milagro. Entré en un  café y pregunté al camarero, un negro con largas patillas, muy atractivo, si había entrado un hombre, español, serio y melancólico, oliendo a mar y a ron. Pero el camarero no me contestó.


Como si de un mantra se tratara, me recité el nombre de todos aquellos que pisaron esas calles en busca de los sonidos del silencio, de la generación beat. Me canté My baby don't cares for me y creí ver a Nina Simone en un paso de peatones. Pero el remero no apareció.

Imploré a San Jimi Hendrix, me acordé de Bob Dylan, pregunté por Willem Defoe y me detuve en la posada Stone Well, de la calle Cristopher, a pesar de que estaba segura de que por allí no lo encontraría. Hacia el este, por la Avenida Broadway, caminé cinco horas hasta llegar a la Quinta, y después a la Cuarenta y dos West. Cogí el metro y regresé a Sterling Street.
Estaba segura de que el remero no me había tomado el pelo haciéndome buscarlo en balde.
Y entonces, comprendí... La próxima vez que venga a Nueva York, siempre, me quedaré en el Village.
Eso era todo lo que el remero me quería hacer entender.










                                                                                             



                       



                                                                                                                       

















2

miércoles, 29 de agosto de 2018

DECIMOSÉPTIMO DIA: EL BURDEL DE LA CALLE AVINYÓ

El Museo de Arte Moderno de Nueva York está muy cerca del Rockefeller Center y a dos pasos de  la Quinta Avenida. No es un museo muy grande, pero  me ha  sorprendido con algunas de sus obras.
La primera sorpresa ha venido de Picasso. El famoso cuadro Les demoiselles d'Avignon, cuadro con que se inicia el cubismo y el arte moderno, se encuentra en una de estas  salas. Me he llevado un flash. No sé por qué, siempre pensé que se trataba de un cuadro de pequeñas dimensiones. Todo lo contrario, mide dos metros cuarenta y tres centímetros de largo, por dos metros treinta y tres centímetros de ancho. Picasso tardaba mucho en dar título a sus cuadros, a veces hasta dos años.  Apollinaire lo bautizó como El burdel filosófico y fue otro amigo del pintor, André Salomón, quien lo tituló Les demoiselles de  la  calle Avignó, que era  una calle de Barcelona  llena de  burdeles. Salvo estos amigos, nadie conocía la existencia de esa calle, así que empezó a confundirse con la ciudad francesa de Avignon y así ha llegado hasta nuestros días.



Es uno de los cuadros más visitados. También me han gustado mucho La última cena  de Andy Warhol, Starry night de Van Gogh, un Basquiat que tienen y los Nenúfares de Giveny de Monet. Y cómo no, Pollock.Aquí les dejo una  muestra gráfica de la mañana.













No sé lo que me ocurre, pero a mí la pintura  siempre me abre el apetitito. Cuantas más horas paso viendo cuadros, más hambre tengo. Me he dirigido en autobús desde la Quinta Avenida hasta la calle treinta y dos. He comido en un coreano. Yo me equivocaré de parada de metro, pero para las cuestiones  de condumio, tengo como un sexto sentido. Nunca  fallo. Será por haber pasado tantas horas entre restauradores y gastrónomos. He comido toda la carne que he querido y sus acompañantes por veinte dólares. Y a fé mía que  estaba bueno.



He caminado arriba y abajo de la Quinta Avenida, pero el calor me ha vencido y he regresado en metro a Sterling Street. En la terracita del landmark estaba sentado leyendo el inefable australiano que me ha invitado a acompañarle. Fumaba en pipa un  tabaco realmente oloroso y ahora si que  parecía un escritor de manual. Me ha  invitado esta tarde  noche a catar en su habitación un tinto de Barrosa Valley. No le he  respondido. Qué lástima, solo traje ropa interior de algodón.
Mañana tengo una cita  en Greenwich Village.

DECIMOSEXTO DÍA:: 236, STERLING STREET

En Brooklyn no tienes la sensación de estar en Nueva York, sino en una ciudad de  provincias. Los vecinos se mueven por el barrio a realizar  sus compras, se sientan en  los escalones de  la  entrada de  sus casas a dialogar entre  ellos, saludan a  los transeuntes, se  toman una cerveza. Todo tiene  otro ritmo. No es el  agobio de la gran  ciudad hecha para ser admirada, no para vivirla.
Me hospedo en un landmark que es como llaman a los edificios antiguos protegidos. Brooklyn tiene  personalidad, ves una  foto en  el  periódico, en  Google, en televisión y reconoces este barrio,


Esta es la  fachada  de la casa en  la que  habito, las ventanas  de  arriba a mano izquierda  se  corresponden  a  mi  habitación. AirBanB es muy popular en los Estados Unidos. Otra forma de hospedarse, la  idea  originaria  por  la  que  se  creó  es que compartieras tu  estancia con los  nativos y vieras su forma de  vida. Pero la verdad es  que a quien más he visto es al australiano, que  lleva  aquí  hospedado bastante tiempo. No sé quienes son  los dueños. El contacto  para alquilar la estancia  ha sido a  través  de AirBandB.



Es una casa cuidada, con la  madera  bruñida, muy limpia, en la  que me pidieron el primer día que andara  descalza. Los hoteleros en Valencia están en contra  de  esta forma de hospedaje, les parece competencia desleal. No lo creo, es un tipo de clientela muy diferente la que  se hospeda aqui a  la del hotel. Yo no me hubiera podido permitir diecisiete noches de hotel en Nueva York donde  la media ronda  los cien dólares diarios.


Tengo la  habitación más grande  de  la casa  y su  precio  se acerca a  los treinta y cinco dólares por noche, con  los gastos de  limpieza incluidos. También tengo derecho a cocinar  y a  un estante de la nevera. Estos son mi dormitorio y el estudio contiguo.


Las otras  dos  habitaciones con que cuenta el landmark son más pequeñas.



La cocina es de  uso común, pero quien más la  disfruta  es el australiano. Se llama Harry Button y lleva mes y medio en Nueva York preparando un reportaje sobre las muevas tendencias musicales en la ciudad que nunca duerme. Trabaja para varias  revistas y televisiones de su país. No sé por  qué entiendo mejor su acento que el americano, quizás porque me habla muy despacio.
Anoche bajé a tomar algo de fruta de mi estante y me lo encontré sentado en la mesa del comedor, solo, en  la casa no se  oía a nadie. Me invitó a sentarme y compartir con él la cena. Había  preparado una ensalada con rúcula, canónigos, queso  parmesano, arándanos  y manzanas. Y le había añadido  un sofrito de  bacon. Estaba rica, también tenía fiambres y quesos y una  botella de shyraz australiana. Nunca había probado la  shiraz australiana.
Me contó que se  ha casado y divorciado cuatro veces, pero no tiene hijos. Así le durarán poco los duelos, pensé. Ya se sabe  que  la  experiencia hace maestros.
Hablamos de  muchas  cosas, los  temas surgían  solos. Le conté el relato de Patrick White Las cacatuas, que leí a los diecisiete años. Un matrimonio, que lleva muchos años separado, aunque  viven en  la misma casa, en diferentes pisos, un día  vuelven a comunicarse porque en el patio aparecen unas cacatúas que se  instalan alli.  Se sorprendió  de que hubiera  leído a  su compatriota. Me habló  del libro que está escribiendo desde hace tres años y no consigue terminar. Mira, otro Batterbly como yo.
Estuvimos cerca de dos horas  conversando hasta que me dí cuenta  de  que me empezaba a mirar raro.
Cuando un hombre  te  mira raro te está dando dos opciones: O que salgas corriendo o que  te plantees que  ropa interior te pondrás la primera noche que te invite a  salir. Le hubiera pedido una foto, pero lo habría malinterpretado, porque yo pensaba salir corriendo.
Hoy  me  voy al MOMA. Salve y que  lo pasen bien.




martes, 28 de agosto de 2018

DECIMOQUINTO DÍA: DE PASEO POR NUEVA YORK

Ayer por la tarde llegué a Brooklyn agotada. Solo me equivoqué una vez con el metro. Un señor, muy amablemente cargó mi maleta y me acompañó hasta el andén correcto. En el landmark una chica de color limpiaba una habitación y el australiano preparaba huevos revueltos en la cocina. Me preguntó dónde me  había metido y cuando se lo expliqué se echó a reir y me invitó a compartir su cena, pero prefirí subir a mi habitación y descansar un rato. Después comprobé que en mi estante de la nevera, solo habían dos plátanos negros y un brick con zumo. Así que salí a la calle en busca de provisiones. La avenida  con que cruza Sterling Street es Nostrand Avenue, muy concurrida, llena de lavanderías, deli, peluquerías y tabaccos. Y también llena de negros, o tengo que decir gente de color, o afroamericanos, ¿qué es lo políticamente correcto? Bueno, pues eso.
Esta mañana me he ido a hacer turismo, esa cosas típicas que hace la gente cuando viene por aquí, a ver la ciudad y dar paseos. He cogido el metro hasta Wall Street y he buscado el toro. Había cola para hacerse una foto, así es que le he buscado el trasero y he comprobado que allí no quería nadie retratarse.Cambia  la perspectiva y cambian las cosas.



Estaba muy cerca de Clinton Castle, la fortificación que construyeron los holandeses, que fueron los primeros  colonos europeos que llegaron aquí, desde allí se  coge el ferry para ir a la estatua de la  libertad y a Ellis Island, donde se  encuentra  el museo de inmigración y adonde llegaban los inmigrantes a pasar la cuarentena antes de poder entrar en la ciudad.




Por  la tarde, después de  comer en un chino de la Avenida  Broadway he cogido el ferry para Staten Island.Es gratis, estaba lleno de turistas. Hemos llegado a la estación, bajamos y dimos la vuelta para subir en otro que nos trajera de regreso. Nadie se ha quedado para visitar el barrio, pero yo me sentía como Melanie Griffith en Armas de mujer de vuelta a su trabajo en Wall Street.
El calor es sofocante y pegajoso, Nueva York es una ciudad mucho más húmeda que Valencia. En fin, turismo, turismo. Todos los  días no se puede ser una intrépida viajera.