domingo, 12 de diciembre de 2021

LA CATEDRAL DE LA SAL

 


La mina de sal activa más antigua del mundo está en Bochnia, Polonia, a 20 Km. de la de Wieliczka, la que visitamos nosotras en este viaje a Cracovia. Las dos fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las dos han sido explotadas sin interrupción desde el siglo XIII y aún hoy siguen produciendo sal de mesa.


La mina de sal de Wieliczka, también conocida como la catedral subterránea de  la sal, tiene una profundidad de 327m. y su longitud supera los 300 km, de los que se  recorren 2,5km. durante la visita.

Las salas están decoradas con estatuas de sal  de los personajes que visitaron a lo largo de su existencia esta mina. Entre ellos Copérnico, Goethe, Humboldt, Karol Wojtyla y Bill Clinton.


El rey  Casimiro III el Grande contribuyó al desarrollo de las minas de sal, dando múltiples privilegios y ocupándose él mismo de su cuidado. En 1363 fundó un hospital cerca de las minas. Su estatua de sal, esculpida por los mineros, preside una de las salas.



La mina fue utilizada por las fuerzas de ocupación alemanas como almacén de guerra y fábrica subterráneas. Los nazis llevaron a miles de judíos desde los campos de concentración de Plaszow y Mielec hasta esta mina para trabajar en la fábrica de armamento subterránea entre marzo y abril de 1944. El campo de concentración de la mina se estableció en el parque de Santa Kinga, patrona de  los mineros polacos, y albergó unos 1700 prisioneros. A pesar de ello, la producción nunca se llevó a cabo debido al avance soviético. 

Los nazis y la Segunda Guerra Mundial están presentes en todo momento. Al fin y al cabo, ella se inició con la invasión alemana de este país el 1 de  septiembre de 1939.




Una mina de sal es un lugar digno de admiración y de ser visitado. En esta siguen trabajando unos cincuenta mineros.

Pero si no quieren viajar tan lejos, no se pierdan la mina de sal de Cardona. Señores de Cardona, reyes sin corona.

Las minas de sal nos hablan de un pasado opulento, en que este mineral era tan necesario, que los trabajadores eran pagados con él. De ahí la palabra salario.




Cuando salimos de la mina, después de una visita de dos horas y media, ha anochecido en esta población, en el área metropolitana de Cracovia. Apenas  son las cinco de la tarde y hace un frío que espabila.

Solo me queda decirles Pozdrawiam i zyczemilei zabawy o lo que es lo mismo:

Salve y ustedes lo pasen bien.



viernes, 10 de diciembre de 2021

¡EL HORROR, EL HORROR!

 

                                     Consideren  su naturaleza  humana, no nacieron  para vivir como bestias, sino                                             para seguir virtud y conocimiento.

                                                                          La  Odisea                                                                                                                                                             Homero                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   Auschwitz está fuera de nosotros, pero  está a nuestro alrededor, en el aire.                                               La plaga ha  desaparecido, pero la infección aún persiste en el rechazo de la                                           solidaridad humana; indiferencia  obtusa y cínica hacia el sufrimiento  de                                                 los  demás.

                                                                       Primo Levi 


    La ciudad polaca de Oswiecim, a cincuenta kilómetros al sur de Cracovia, es conocida mundialmente por  su nombre en  alemán, Auswichtz. Alli en 1942 se  juntaron  la barbarie, el  horror, el sufrimiento y la indignidad  de los que  son  capaces  el ser  humano. En un  antiguo acuartelamiento del ejército polaco, los nazis confinaron y ejecutaron a  judíos, presos políticos, gitanos y homosexuales.


Auswichtz fue el mayor centro de exterminio del nazismo. Allí fueron enviadas un millón trescientas mil personas. Murieron un millón cien mil. El complejo estuvo formado por diversos campos de concentración y exterminio. Comprendía Auschwitz, el complejo principal. Auschwitz II-Birkenau, que era campo de concentración y exterminio, Auschwitz III-Monowitz, campo de trabajo para la IG Farben, un complejo alemán de compañías químicas que  durante  la  Alemania nazi comenzaron  a producir gas Zyklon B, que en principio servía  para expulgar y donde trabajaban esclavos.


Este cartel que aparece en la fotografía cuelga de la entrada ARBEIT MACH FREI (el trabajo libera). Con él las SS recibían a los deportados desde su apertura en 1940 hasta que fue liberado por el ejército soviético en 1945. 

En 1947 fue fundado el museo estatal Auschwitz-Birkenau, un monumento de crímenes de guerra  alemanes en la Polonia ocupada. La Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1979, como uno de los  lugares de  mayor simbolismo del Holocausto.


En Auschwitz, Josef Mengele, conocido  como El Ángel de la muerte, realizó experimentos  mortales con los prisioneros y fue miembro  del grupo de médicos que seleccionaba víctimas  para ser ejecutados  en  las cámaras  de gas. Mengele  estaba especialmente interesado en los gemelos idénticos, los  enanos y sujetos con anomalías físicas. Las investigaciones de  Mengele sobre los gemelos  estaban pensadas  para demostrar la supremacía de la herencia  genética sobre el entorno  y reforzar de esta  manera la  premisa  del nazismo que defendía  la  superioridad  de  la raza  aria.


En vagones en  los  que se trasladaban hasta diez reses, eran conducidos los prisioneros  desde  toda Europa. Los  españoles fueron llevados  Mathausen y  Dachau. 

Ellos  pensaban que estarían dos  o  tres meses haciendo trabajos  forzados  y  después  serían  liberados. Por ello, sus  maletas  llevan sus  nombres y muchos  de sus  utensilios  domésticos marcharon con ellos.







La familia de Ana Frank fue ejecutada en Auswichtz. Ella murió en  el  campo de Bergen-Bielsen una  semana antes de  que  llegaran  los aliados. El escritor italiano  de origen judío sefadí, Primo Levy  fue prisionero en Auswichtz del que consiguió  salir  vivo para  dejarnos su  testimonio de lo que  vió y vivió  en  sus dos obras  Si esto es un hombre y La tregua.

Constantemente nos dicen que hay que olvidar el pasado y  vivir solo el presente. Que no sabemos qué ocurrirá  mañana y  no debemos  obsesionarnos  con el  futuro. No estoy  de  acuerdo. El presente se  fragua sobre  el pasado. Somos  lo  que  somos como consecuencia  de lo  que hemos vivido. ¿Olvidar el pasado? ¿Para qué? ¿Repetir los mismos errores? Enseñemos  a  las nuevas generaciones  de qué es capaz la humanidad. Cómo unos pocos pueden dominar con  sus ideas al resto, si estos no tienen pensamiento crítico. Si no son capaces de discernir entre el bien y el mal. Enseñémosle la lección de Hanna Arendt, la lección de la terrible banalidad del  mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.

Salve  y así  sea.



 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       


martes, 7 de diciembre de 2021

LA OCTAVA MARAVILLA

 


Haizea Arpide está afónica. Son las  cuatro de la  tarde  y se  le nota en  la cara  el cansancio. A esta hora, la  ciudad  de Cracovia  ya está anochecida. Haizea es vasca, de Baracaldo. Trabaja como guía local y estos  días de  largo  puente en nuestro  país, los españoles hemos invadido  la ciudad polaca. 


Hemos  llegado a  primera  hora  de  la  mañana. El avión de Ryanair, a rebosar  de españoles que  seguramente hacen  su primera  escapada  al extranjero  desde  que  empezó la pandemia y vienen  con la excusa de celebrar el inicio de diciembre y las festividades. O escudada tras un viejo jersey polaco de  lana, como es mi caso.

En la calle Grodzka tenemos  nuestro hotel, a dos  pasos  de  la emblemática plaza del Mercado, en pleno  corazón del barrio medieval de  Cracovia. Hace frío. Hemos  visto nieve desde las  alturas  y durante  el trayecto en  coche desde el aeropuerto. Un chófer polaco, un joven rubio de ojos azules  nos  ha  recogido. Habla  inglés, pero apenas  pronuncia  palabra. Al llegar al centro, nos sorprende  el primer árbol de Navidad. La  ciudad  está completamente decorada para  las próximas  fiestas. Un desfile nos recibe. Que  no. A nosotras  no.


Hay turistas  por todas partes. Españoles sobre todo. Sacamos slotys en un cajero y nos  echamos a los  puestos navideños. Aunque otro  imponente árbol  aparece  en la plaza, la  verdadera  tradición de  Cracovia son sus belenes  declarados patrimonio inmaterial de  la  humanidad  por  la  Unesco  en 2018. Una tradición que se  remonta a mitad del siglo XIX cuando los albañiles, con menos trabajo en otoño e e invierno y con 


restos  de  materiales reproducían edificios de  la ciudad e instalaban las figuras típicas  de  ellas como el dragón, porque  en Cracovia se narra  una leyenda de  dragón.

Cada primer jueves de  diciembre tiene lugar el concurso de  belenes. Este año se presentaron 150. Después  los seleccionados  aparecen  en vitrinas por toda la ciudad.

La costumbre  de montar  belenes nos  viene de  San Francisco de Asís, uno de  mis santos preferidos. Este  santo, animalista, reproducía cada año en parajes naturales y con animales vivos, la  escena del nacimiento  de Jesús. Desde  entonces ha llegado hasta nuestros días.


Cracovia  es una ciudad muy  bonita. Fue  capital de Polonia hasta  el siglo  XIV. Conserva  su señorío y la  personalidad característica de las  ciudades  atravesadas por un  río, en este  caso el  Vístula.

El frío y el  viaje  nos  ha abierto  el  apetito. En  los  puestos navideños  hay varios  de  comida típica polaca. Dos de  ellos dedicados  a  las  sopas  tradicionales  que  hacen las delicias  del  más pintado, en  este  caso las  nuestras.


Hay paradas donde adquirir salchichas, codillo, chucrut y el típico zapiekanka, rebanada  de pan con condumio. Se come bien, contundente y barato.


En  la calle Florianska, una  de  las  más  concurridas del  centro, los  jóvenes turistas se  agolpan ante el puesto de un pastelero que  vende unos  bollos  dulces con  diferente  contenido: nutella, dulce de  leche, nata. Nosotras  pasamos del dulce por el bien de nuestras curvas.

Esta  calle  se llama  así por  San Florián, cuya figura preside  la  puerta de  la ciudad. 


Es domingo y la  basílica de  Santa María está  a  rebosar a la  hora  de  misa mayor cantada. Los  polacos  son muy  católicos. Me  cuenta  mi  prima que los hombres  suecos  llegan  a  Polonia  en busca  de  esposa  porque tienen fama  de  ser  muy familiares  y tradicionales. 

Como llegamos  antes  de  que empiece  la  celebración nos  acercamos  hasta  el altar  mayor  para  contemplar el retablo de  Veir Stoss, El altar de la dormición. La octava maravilla según Picasso.



¿Cómo lo sé? ¿Lo que dijo Picasso? Por mi amiga Diana Cerdá que me envió el siguiente texto de la novela Catedrales de Claudia Piñeiro: Si Picasso  dijo que el retablo de madera de Santa María de Cracovia es la  octava maravilla, mirá si no merece ser la  primera catedral de nuestro recorrido. No  hay nada como tener amigas cultas.



La  basílica  fue  comenzada a construir en 1355 durante el reinado  de Casimiro  III el  Grande, un rey muy importante  para  Polonia. De  estilo gótico, está  ubicada  en  uno de los  laterales  de  la  plaza  del  Mercado, La  fachada termina  en  dos  torres  desiguales: una  que  sirvió siempre de  atalaya y otra  de  campanario. Desde la torre vigía, cada  hora  un trompetista  toca el Hejnal mariacki, una melodía tradicional polaca que se transmite a mediodía por radio a todo el país. Vamos, como el Angelus. Cuenta  la  tradición  que  en el  siglo XIII un trompetista  fue asesinado por una flecha  en la  garganta  mientras hacía  sonar la  alarma  ante una invasión mongola. En honor a  su  sacrificio, cada hora, un  bombero en  turno  de  ocho horas  hace  sonar la melodía. Casi  nada.


En el siglo  XVIII, el interior  de la  basílica fue remozado  en  estilo barroco. Santa María  siempre ha  competido  con la catedral  de Wawel. Para conocerla, así  como el castillo  nos  acompaña  Haizea Arpide, esta joven  bilbaína llegó  a la  ciudad   con una beca de seis meses  del gobierno  vasco  para realizar  las  prácticas  de sus  estudios de  Turismo.

La estancia  se ha convertido  en  seis  años, gracias  a un paisano que  conoció aquí. Su pareja, ingeniero industrial. Ella  escribe un blog  sobre  la ciudad TuguiaHaizea, donde  podéis  encontrar  buenos  consejos  si  pensáis  venir y  donde  la  podéis  contactar a  ella.

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Haizea  nos cuenta la historia de Wawel, residencia  durante  siglos de  los reyes  polacos, la  estancia  de  los  nazis al frente de su  gobernador Hans Frank y la  polémica  que  suscitó el entierro del  presidente polaco  Lech Kaczynski y su mujer, fallecidos en un accidente  de  aviación en 2010, mientras  se  dirigían  a Katín, en  Bielorrusia  a  un homenaje  a  los oficiales ejecutados  por los  soviéticos durante  la  Segunda  Guerra  Mundial. A Lech le sucedió  su  hermano gemelo  Jaroslaw, actual presidente  de la República Polaca.



Nuestra  guía  no  ha  aprendido  polaco. Dice que  se mueve  entre  españoles. Si hubiera tenido  una  suegra polaca, no  me  hubiera  quedado  más remedio. Pero mi  suegra es vasca, me comenta.

Yo  ya sé  decir Dzien dobry, que  significa buenos  días.

Pero todavía  no  he aprendido: Salve y ustedes lo  pasen  bien.




viernes, 3 de diciembre de 2021

EL JERSEY POLACO DE LANA

 


                                                                                             


                                               Solamente se  cansa  uno de los  nuevo, pero  no de  las cosas antiguas.

                                                                            Kierkegaard

                                                                                               




        Se acercaba el Buida la cambra del  último domingo de  octubre. Es un rito que  celebramos  desde que yo  volví de mi año Erasmus en Francia, Allí se  llama  Vide grenier y acuden masivamente cada vez  que  se  convoca, ya  sea  por los  Ayuntamientos  o  por  alguna  asociación sin  ánimo de  lucro. Los franceses  son los reyes del  reciclaje avant la lettre. He escrito tanto sobre ello  que mejor no les  canso.

Pues como les  decía, yo andaba  rebuscando en mis armarios prendas de las  que  deshacerme. Me cuesta  mucho. Yo uso la  ropa. La conservo durante años. De pronto, apareció  el  jersey de lana  que compré en Polonia en 1987. Todavía no había  caído el  muro  de  Berlín ni yo había cruzado  la  frontera  de  los  treinta  años. Fue un viaje en coche atravesando media  Europa. Rafa Gálvez  quería  dedicarse a  la  importación de productos  polacos.

Él no importó nada, pero  yo me  traje unas  botas  rojas  y un jersey de lana que todavía conservo. Esta  prenda  vivió en el piso de  Sedaví, en La Matandeta, en la casa de  Fontanars, el año que  pasé allí. Y un tiempo  después  del divorcio, el sr. Gálvez me  lo hizo llegar cuando él  desocupó la casa.  Así que  el jersey  polaco de  lana tiene mucha  historia  tras  de  sí. Se  lo compré en la  calle  a  una  viejecita  en  Katowice que  lo  había  tejido con sus  propias  manos. Se le nota la buena lana. Sigue intacto, sin hacer  bolas. Lo he metido en  lavadoras, no  lo he cuidado y como si  nada. Una prenda  hecha  para durar, no para consumir.

 Como a  cada momento de mi vida lo  acompaña un libro, esta vez lo hará La desaparición de los rituales de Byang-yul Han. Dice así el autor coreano: 

Son las formas rituales  las que, como la  cortesía, posibilitan no solo un bello trato entre  las  personas, sino también un  pulcro y  respetuoso  manejo de  las cosas. En  el  marco  ritual las  cosas no se consumen ni se  gastan, sino que  se usan. . Por eso pueden llegar  a hacerse antiguas. Por  el contrario, bajo la presión para  producir nosotros  nos comportamos  con  las  cosas, es más con  el  mundo, consumiendo  en lugar de  usando. En contrapartida, ellas nos  desgastan. Un consumo sin  escrúpulos hace  que  estemos  rodeados  de  un desvanecimiento  que desestabiliza la vida . Las prácticas rituales  se  encargan de  que  tengamos  un trato  pulcro y sintonicemos bien  no solo con las otras  personas, sino también con las cosas. 

Yo no  sigo  la moda. Creo mi propio  estilo de vestir. Como una Annie Hall de la  Marjal, ciudadana  del mundo. Compro  en outlets, rebusco en mercadillos, en tiendas de  segunda  mano. Tengo buen ojo para pescar  piezas únicas. 

Bueno, pues me desprendería  de  él en el Buida la cambra de La  Matandeta. Pero  ocurrió una  señal. Lo siento. Pero  yo creo en  las  señales del destino. Ya  sé que  no  tienen  ninguna  base científica ni siquiera  una  explicación lógica. Sin embargo, a medida  que  pasa el  tiempo y  me hago mayor, me aferro más a ellas.


Sucedió que el mismo día que encontré el viejo jersey polaco en el armario, tuve que acercarme hasta  el despacho de mi prima Pepa Baixauli, nuestra asesora fiscal. Me contó que en diciembre viajaría  a  Cracovia ella sola. Y yo supe  que era una señal. Tenía que volver a Polonia, treinta y cuatro años después  de  aquel viaje.

Me voy contigo. Me voy contigo y con el  jersey polaco, olvidé decirle. Y en esas  estamos.

   

POÉTICA DEL JARDÍN

      

                                                      El trabajo de jardinería ha sido para mí una meditación silenciosa,                                                          un demorarme en el  silencio ...                                                                                                                     En el jardín descanso de las fatigas de la vida.

                                                                               Loa a la tierra. Un viaje al jardin                                                                                                                     Byung-Chul Han 


                                                     - ¿Cuál es el mejor  momento para plantar un árbol?                                                                                 - Hace veinte años.                                                                                                                                       - ¿Y el segundo mejor momento?                                                                                                                 - Ahora...                                                                                                                                                                                     Proverbio chino

                                                                            


Esta pasada primavera recuperé  mi inveterada afición a la jardinería  y a  las  plantas. Durante mucho  tiempo la  tuve  abandonada, abstraída como estaba en otros  menesteres. Decía Saramago que los momentos no llegan nunca tarde o pronto, llegan  a su hora, no a la  nuestra, no tenemos  que  agradecerles  las coincidencias, cuando ocurran, entre  lo que ellos  proponían  y lo que nosotros necesitábamos. La jardinería regresó a mi vida, justo  en el momento en que necesitaba despejar mi  mente, vaciarla de telarañas y malos  rollos. Ciertas actividades ejercen en mi el mismo efecto  que la meditación. Caminar, trabajar en el jardín. Nadar. Habrá deporte más  aburrido  que hacer largos  en una  piscina. Pues a mí me  relaja, es  donde mejor  medito.

   Después de un invierno plagado de  cierres hosteleros y  pesadillas víricas, ir al  vivero, estar  al  aire  libre, cavar  la  tierra, levantarme al  amanecer  para  regar, abonar y llenar  los rincones  de La  Matandeta  con dimorfotecas, portulacas, murcianas, marialuisas, margaritas, rosales  y ruda, mucha  ruda. Planta la ruda como si  te la  regalaran, me advirtió Isabel Castaño, que lleva muchos años  trabajando en  viveros. 


La  ruda  es conocida por su  capacidad de limpiar  la energía, para ahuyentar maleficios, envidias, celos y una clase variada  de  brujerías. Yo no me lo creo. Pero por si acaso, llené las jardineras  de ruda. Y las rudas se llenaron de orugas.


El biólogo Ramón Dolç me explicó que se trataba de orugas  de Papilio  machaon. La macaón es una de  las especies  de mariposas  diurnas de  Europa más  vistosas. Sus alas son de  color negro y amarillo. Así que después las orugas se convirtieron en unas llamativas mariposas  que revolotearon durante el verano por  el jardín.


Rubén y Helena  limpiaron una  parte  del zócalo  de la terraza porchada. Y de  pronto rebrotó  el  Don Diego, cuyas semillas  han  permanecido varias  primaveras enterradas. Tal  fuerza  tenían que una de las  plantas  atravesó  el tubo  de madera y allí se ha  quedado  todo  el  verano. Al Don  Diego, mi  amiga  Rosa  Vila  lo  llama Don  Pedro y Helena, Don Julián. Vamos  que  con  el  don se ha  quedado.


El rincón de la  buganvilla del parking estaba completamente perdido y  abandonado. Ahmed quitó toda  la  mala hierba  y yo podé la  planta, semimuerta y planté dimorfotecas. Las  bolsas  de plástico  y los cantos  rodados hicieron el  resto  hasta dejar este rincón que aquí les muestro.



 Me apliqué con ganas a plantar cóleos. Sus hojas luminosas se apoderaron del recipiente en que las  metí. Recuperé vasijas  rotas, perejileras y les  di una segunda oportunidad. De ellas surgieron  murcianas multicolores. Colgué macetas y la terraza de la pérgola pareció emular un patio andaluz en mitad de la  Marjal. Un antiguo lavadero que nos regalaron Inma y Dani, de El Raconet de Cheste, se convirtió en  señorial jardinera. Dos moreras con los nombres de mis padres crecen en la terraza de la pérgola, compitiendo con las bignonias y las diplodemias.











Mientras  me sumergía en  estas tareas, leí las obras del  autor coreano de formación alemana Byung-Chul Han: La sociedad del cansancio, La  agonía  del  eros, La  desaparición de  los  rituales. Pero fue sobre  todo Loa a la tierra. Un viaje  al  jardín, la que me acompañó aquellos días  de  primavera. En esta pequeña  pieza, como la  mayor  parte de  los libros  del autor, este  nos  habla  de  la  añoranza  y la  necesidad de  estar cerca  de  la  tierra que  sintió  un  día. Y  de  su  resolución de  practicar a  diario la  jardinería durante  tres  años  en un jardín  al  que bautizó  con  el  nombre  de  Bi-Won, que en coreano significa  "Jardín secreto".


A medida que  transcurría la  primavera y nos adentrábamos  en  los  primeros  calores  del  estío, aumentaba el quehacer que me daba el jardín. Amanecía antes y yo me  levantaba  con la primera  luz y  me abocaba  a la tierra. Regaba a  diario, quitaba incipientes  malas hierbas y  me  daba cuenta  de lo agradecidas  que son las plantas. Yo las  cuidaba y ellas me regalaban sus  flores, sus hojas relucientes, sus  extensiones. Eso mejoraba mi ánimo, verlas  crecer a razón de  mis  cuidados. Pero también lo hacía el  ánimo de  mi  familia. Rubén y Helena se animaban a echar una mano. No  sé cuántos  viajes hicimos  Helena y yo  al vivero. Cada  semana había  nuevas  plantas. Cada semana crecía nuestra ilusión por descubrirlas.

    
Con las  flores llegaron  las libélulas, las  abejas, los  saltamontes, las mariposas.... El jardín se  llenó de vida. Vegetal y animal. 
La  mayor  parte de los árboles que hay en La Matandeta, los plantó mi padre. Aunque el sauce de la entrada a la granja murió hace muchos años, algunos chopos sobrevivieron y otros, más jóvenes se unieron. Mi padre solía decir que  alcanzada cierta altura, la chopera  no crecía más porque tocarían las raíces algún sustrato que no era bueno para  ellas.
Cuando los ficus benjamina perdían sus hojas en las macetas, él los sacaba fuera  del comedor y los trasplantaba  al suelo. Allí, en su estado natural, presentan  los tres  esta  hermosura.






La estrella  de esta  arboleda es  el ficus de hojas de magnolio, una plantita que  compré  hace treinta  años  en el mercado  de Sedaví por 150 pesetas, vamos que no llegaba  al  euro, con tres hojas y  cuya sombra  se ha  convertido  en  el lugar  preferido de  nuestros  clientes  cuando llega  el  buen  tiempo.
Ponednos la mesa debajo  del magnolio. Cuando Manuel era pequeño lo llamábamos el  árbol de  los  caballitos porque  se subía  a horcajadas en sus  ramas. Este poderoso  árbol, cuyas raíces buscan  las  cañerías, siempre me  recuerda  a  El barón rampante, la  novela de Ítalo Calvino. En pleno Siglo de  las Luces, en una villa  con el poético nombre de Ombrosa, el barón Arminio Piovasco di Rondó echa de la  mesa a su hijo mayor por  negarse a comer caracoles. El adolescente, llamado Cósimo, presumiendo de  su terca rebeldía, abandona  el comedor y sale al  jardín. Trepa a un árbol y en señal de protesta  declara que jamás volverá  a  pisar el  suelo.




Es curioso cómo hacen su aparición los libros y los  autores en nuestras vidas. Cómo funciona la ley de la  atracción. Estábamos mi  compañera Empar Aleixandre y yo en la  sala  de profesores del  IES El Saler, cuando apareció Juan Armenteros, enseñante de  Filosofía  y se puso a hablar de Emilio Lledó, filósofo al que  admiro. De  ahí pasamos  al coreano Byung-Chul Han y su Loa a la tierra. Y Juan introdujo a Santiago Beruete, antropólogo y doctor en Filosofía, que compagina  su  actividad docente e investigadora con la  creación literaria  y la  jardinería. Un filósofo jardinero. O un jardinero  filósofo. Y así descubro sus ensayos: Jardinosofía. Una historia filosófica de  los  jardines; Verdolaría. La naturaleza  nos  enseña  a  ser  humanos y Aprendívoros. El cultivo  de  la curiosidad. 
Ya me he leído los dos últimos. Les recomiendo su  lectura si son amantes de los jardines y practican el noble  arte de ser curiosos.




Y  siguiendo con la  ley de  la  atracción, quedé a  comer  con mi amiga  Diana  Cerdá para  celebrar  nuestros  aniversarios que se suceden con una  semana  de  diferencia. 
Diana  me  habló de la  novela  que anda leyendo, mientras  yo le  enseñaba  el jardín, tan  orgullosa me siento  de mi trabajo en  él, cuando  nos  detuvimos  ante  las  buganvillas. O buganviglias. Entonces, mi amiga  me  contó  que en  la novela Catedrales de Claudia Piñeiro, en una carta entre padre e hija, éste, desde  Argentina, le habla de las santarritas. Ella no  puede recordar qué planta  es y así se las describe: Púas afiladas, tallo áspero que parece viejo, afán de  enredadera que se encarama sobre otra planta, en una pared o en una columna como lo hacen en nuestra casa, flores blancas, agrupadas de a  tres y  rodeadas de hojas moradas o fucsias según  cómo les  dé  el sol. 
Más adelante, el padre le dedicará otra carta a los múltiples nombres que recibe el  arbusto: en España, buganvilla; en México, Perú, Chile y Guatemala, bugambilla; en el norte de Perú, papelillo; Napoleón en Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá; trinitaria en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela; veranera en Colombia y El Salvador. La misma planta y sus diferentes nombres. Gracias, Diana.



Mi padre  plantó  muchos árboles en  La Matandeta. Laureles,  dos  olivos, cipreses, varias higueras y la  falsa  pimentera. Pero su  obra  maestra fue la pinada. Dos meses antes  de  su muerte, perdimos a  Willie, su fiel pitcher. La  tarde que lo enterramos bajo un  pino, mi padre aprovechó  la  ocasión para decirnos dónde quería  que reposaran sus  cenizas. Así lo hicimos el veinticuatro de  marzo  siguiente. Debajo del tamarindo que preside el centro. Allí está, en el lugar que  él construyó y en  el que  se  sentaba a meditar. Donde corre en verano el Levante y se  está  fresco. Supongo  que desde  allí contemplará orgulloso cómo seguimos  cuidando  del jardín.
Salve y ustedes lo pasen bien.