martes, 30 de abril de 2013

EN LAS TERRAZAS

Han terminado las clases y ha desparecido todo el mundo como por arte de magia. Mis amigas irlandesas Rose y June han vuelto a su país con sus parejas. Liz se ha quedado aquí. Los Erasmus andaluces partieron en pos del cocido de la mamá y los valencianos en busca del arros passejat.
 
Podría haber cogido un Ryanair y marcharme a casa. No será que no los echo de menos. Pero, entonces no miraría ni un apunte, me pondría nerviosa y pondría nervioso a todo mi alrededor. Cosa que me sucede cada vez que vuelvo. Así que mi familia ha dado un respingo cuando ha sabido que me quedaré aquí, tranquilita entre los libros.
 
Es lunes por la mañana, en la biblioteca apenas hay gente. Reina el silencio y hay ordenadores a disposición y sin guardar turno. Sobre midi aparece Eva, a quien conocí en enero cuando andaba perdida con las fechas de los exámenes y solícita me acompañó a solucionar entuertos. Eva habla perfectamente español, estuvo de Erasmus el año pasado en Madrid. Este año termina y se marcha en febrero a trabajar a Argentina en un programa de cooperación. Debería estar muy contenta, pero tiene problemas con un ex-novio cordobés, a quien no consigue sacar de su vida. Le digo que se calme y que se centre en los exámenes. Cosa que yo también debería hacer.

Son las cuatro de la tarde y hace mucho calor. Quedarse encerrada en la biblioteca durante horas fue una gozada este invierno, pero de sopetón y sin previo aviso, los libros se han quedado mudos. Afuera la vida y la primavera andan zascandileando y habrá un montón de historias que observar y contar.

Así que cierro los libros, recojo mis cosas y me despido de Eva. Por la avenida Schuman, subo hasta alcanzar el Germinal y de aquí, la place des Dauphins y el cours Mirabeau, Las terrazas están llenas, la gente balade sin rumbo fijo, disfrutando de l'après- midi.  En la place des Agustins están de obras y se hace difícil transitar, Por la rue du Marechal Foch se puede llegar al Hòtel de Ville y emprender la salida de la ciudad por Avenue Pasteur. Aix-en-Provence es una ciudad burguesa y pequeña donde la gente es muy elegante. No es que se vistan a la moda, sino que decenas de  generaciones, bien alimentadas e instruidas, les hubieran dejado esa pátina en los genes.

La viajera tiene calor y antes de reanudar la salida hacia el campo para llegar a su residencia en Puyricard, decide sentarse un rato en la terraza del Café des Negociants. Hay obreros tomando cervezas después de su jornada de trabajo. Se pide una Perrier  con limón. Siempre que toma este agua se acuerda de Sigourney Weaver en La calle de la Media Luna. Asociaciones gratuitas.
Ha llegado a la mesa vacía que tiene en frente un hombre de unos cincuenta y cinco años, rubio y sin afeitar. También vuelve del trabajo y conoce a los demás que tiene a su izquierda. Ella y su mesa han quedado a la derecha. El hombre la mira fijamente a los ojos y sonríe. Cambia expresiones divertidas con los demás. La vuelve a mirar. Ella sabe que le está calculando la edad, el origen y los minutos que tardaría en hacerla reir.
De súbito, una pareja que pasea entra en la escena: Bonjour, Jeanon! Comment ça va? Muchos recuerdos de tu compagnon, el español.
¿De quién?
De tu compagnon español, Antón. Trabajó contigo en la obra, allá en Eguilles. Dice que se acuerda mucho de las farras que os corríais.
Ah! Jeanon, tú siempre con tus juergas. ¿Y tu familia, cómo la tienes?
Los chicos los crié y andan por ahí. Mi mujer volvió a su país. Cosas de la vida.
Mais, oui, Jeanon, no aprenderás nunca, tú y el alcohol.
No, ya no bebo. Solo una cerveza de vez en cuando después del trabajo.
Cuídate Jeanon, nos alegramos de verte.

La pareja sigue su paseo y el hombre toma lentamente un sorbo de cerveza y mira en frente. Quizás se acaba de comprar la planta, le queda mucho para poder cuidar de un perro y ni se imagina el tiempo para iniciar otra relación.
No ha movido la mirada de la calle. Se levanta y sigue su camino sin volver la espalda para despedirse.

sábado, 27 de abril de 2013

TEQUILA



Para S. Vergara, porque siempre nos quedará Paris.



- ¿Qué te habrán puesto en el tequila para que hayas vuelto así?
- Pues que me van a poner, mamá, tequila. Pero ya sabes que no tengo vesícula y me sienta  mal el alcohol.
- Entonces ¿por qué bebes?
- Porque quiero ser como ellos, no diferente, sino como ellos. No quiero que me aparten del grupo y ya me cuesta disimular el acento.
- ¿Y por qué no prefieres ser tú?


Mi madre era capaz de hacerme razonar de vez en cuando. Sin embargo a mí, adolescente extranjera en tierra de acogida, me costaba hacerle caso. Acabábamos de llegar de  Argentina. Mi padre se vino antes, encontró trabajo y la abuela nos acogió durante un tiempo, poco, porque vivir con la abuela es difícil, tanto, que no lo resistió ni el abuelo.
Ahora estábamos bien, todos juntos, mis hermanos gemelos, los mayores, en sus sillas de ruedas, Caterina, la pequeña, y yo. Mamá y papá. Todos juntos.

Ellos se habían conocido en una verbena de verano, en Santa Fé, y a los dos meses ya vivían bajo el mismo techo. A los dos meses porque fue cuando mamá supo que estaba embarazada de los gemelos. Los novios apenas tenían veinte años. Nacieron Pablo y Marcelo, con problemas desde el primer momento. Falta de mielina en el cerebro dijeron los médicos. Papá se amargó desde entonces y se volvió taciturno y retraido. Mamá creció, ensanchó sus límites para seguir viviendo.
 
Después llegué yo y ocho años más tarde Caterina. Venir a España no fue divertido. Pero mucho más fácil para nosotros que para ellos. Pablo y Marcelo acudían a un colegio especial, los recogía un autobús a primera hora de la mañana y mamá tenía tiempo de ir a trabajar. Nunca se le cayeron los anillos. Encontró trabajo en una empresa de limpieza, algo que jamás hubiera hecho en Santa Fé donde era otro su estatus social. Pero nos jodió el corralito.
 
 
Cuando los demás me dicen que debe ser dura la vida con unos hermanos así, yo respondo que no lo sé porque no he conocido otra.
Pero un día Marcelo se fue. Y sí, sí que fue duro. Mamá lloró durante semanas encerrada en su cuarto. Sin consolación. Papá no dijo nada. No lloró, pero no dijo nada.
Ella siempre peleó por ser una buena madre, él se enrocó.
He terminado el máster y me han ofrecido trabajar de lectora en Francia. Ella me ha dicho que me vaya, que crezca y que ame. Héctor se viene conmigo.
No sé si algún día conseguiré ser como ella. Si tendré la mitad de su valor para seguir adelante. Ella no lo sabe, pero ser como ella es mi meta. Lo demás, lo iré sumando y añadiendo.
 

viernes, 26 de abril de 2013

LAS OSTRAS DE LOS VIERNES

Uno de los placeres de vivir en esta parte de Francia son las ostras que, como  ya les he explicado en alguna otra ocasión, constituyen para mí todo un manjar, un regalo de los dioses gastronómicos. Tener una ostra en la boca es como tener en ella todo el sabor del mar.
Este semestre me las arreglé para no tener clase los viernes. Eso sí, a cambio los lunes me pego una panzada de ocho horas seguidas. Así alargo el fin de semana un día por si viene alguien a verme, o quiero hacer una excursión. Ni lo uno, ni lo otro han sucedido. Pero al trueque he conseguido lo siguiente: Los viernes se celebra mercado en Puyricard. Así que me acerco hasta alli, compro algunas verduras y me encuentro con André Navarro, el vendedor de ostras de Bouzigues. André Navarro se llama así porque su abuelo era español y él habla nuestro idioma a la perfección. Le encanta la literatura y mientras me abre la docena que me suelo comprar, me va relatando sus autores preferidos: Stendhal, Proust, Celine. Dice que en el colegio le enseñaron que España no es un país de filósofos, de ensayistas. Que en España la filosofía la importamos y la copiamos siempre.
 
 Quizás tenga razón. Jovellanos y Moratín, copiaron de  los franceses, Ortega y Gasset de los alemanes. El sr. Navarro dice que Proust fue un rico que volcó su aburrimiento en la literatura para darle algún sentido a su vida, pero que en España a los ricos no les da por crear, sino por destruir. Sea a través de las inmobiliarias o de los bancos. Sabia reflexión.
Entre tanto sofisma, yo he comenzado a distinguir la calidad y los días de vida que tienen las ostras.
Por ejemplo, las de hoy no son muy buenas, hace tiempo que empezaron a decrecer, Cuando la ostra lleva muchos días fuera del agua marina comienza a menguar y a encogerse. Pero no le digo nada, porque hay que vivir y dejar vivir. Y aunque el sr. Navarro me las cobre, no le pone precio a su sabiduria autodidacta y eso es muy de agradecer.



He llegado a casa feliz y contenta como niña con abrigo recién estrenado el día de la Purísima. Derek Moxon, sentado en su sillón, me mira escéptico. Cómo puedes comerte eso. Y yo le replico y usted cómo puede comerse un pedazo de carne de  cordero asado con una mermelada llamada chutney por muy especiada que esté.
Decía el escritor Josep Pla que en todas las cosas de la vida se puede hacer el loco, menos en la cocina. Claro que la locura gastronómica, cada uno la entiende a su modo.
Le he dicho a Derek si puedo acompañarlas con la botellita de champagne quer tiene en la nevera y me contesta asombrado ah ¿pero que no es tuya? No, yo no compro champagne. Prefiero el cava. No estaré a la page, pero prefiero el cava.
Hoy es viernes, estoy sola y no sé por dónde andan mis caballeros. Menos mal que  Bohumil Hrabal y yo hemos empezado a entendernos.

jueves, 25 de abril de 2013

LOS FRANCESES Y LA EDUCACIÓN

Anoche me comentaba Derek Moxon, mi casero, que parece que la ciudad de Aix se haya llenado de señoras inglesas. ¿Cómo es eso? Le pregunto. Porque ayer por la tarde Derek fue de compras y de regreso, cuando estaba a punto de rater el autobús, una señora que iba detrás suyo echó a correr y consiguió que el chófer esperara a Mr. Moxon. Después, otra que ya estaba en el interior del vehículo le ayudó con las bolsas de les courses.
¿Y por qué tenían que ser inglesas? Le espeto a continuación. Porque los franceses no son tan amables, me contesta este anciano en cuya casa habito desde mi llegada a la Universidad Aix-Marseille.
Ya habrán deducido ustedes, por todos los comentarios que les llevo haciendo que, a mi casero inglés, no le gustan los franceses, a pesar de que estuvo casado durante cuarenta y cuatro años con una francesa, Paulette, a la que conoció en la Universidad de Londres, y a pesar de llevar más de treinta años viviendo en Francia y de tener nietas francesas.
Para mí que cree que la Guerra de los Cien Años todavía no ha terminado y en cualquier momento una nueva versión de Juana de Arco aparecerá para acometer contra ellos, aquí en Francia, lejos de la Pérfida Albión.
Al contrario que mi casero, yo he llegado a la conclusión de que los franceses son muy educados. Tendrán otros defectos, pero uno de ellos no es precisamente la mala educación.
A mí me encanta verlos discutir, porque son incapaces de levantarse la voz. Y no a grito pelado como lo hacemos nosotros.
Este verano pasado, una noche de las que compartimos en casa de Carina y Ludo, ellos estaban hablando entre ellos desde hacía rato en voz baja. Hasta que caí en la cuenta: ¿Estaís discutiendo verdad? Si, no estamos de acuerdo. ¡Qué gusto daba oirles, así tan tranquilos y peleándose! Nosotros ya hubiéramos organizado la de San Quintín, a ver quién más grita, más razón tiene.
 
 
 
Vas a la boulangerie a por una baguette, aparte de que todo el mundo guarda la queue, cada vez que un nuevo cliente se acerca a la vendedora, ella sonrie y le dice Bonjour, madame, monsieur, qu'est-ce que vous désirez? Toda conversación se inicia con el Bonjour, aunque sean las cinco de la tarde. Y siempre te despiden con un Bonne journée o bonne soirée. Eso al principio, choca un poco, ver cómo la gente, al llegar a su parada, se despide del conductor, deseándole que pase un buen día o una buena noche, llegado el caso.
 Cuando voy a la piscina de mi pueblo, Sedaví, y termino, antes de partir, suelo decir a las personas que han compartido conmigo el vestuario Hasta otro rato, que tengáis un buen día, que paséis un feliz fin de semana. Entonces se giran y me observan, como diciendo, mírala ahora le ha dado por meterse a monja seglar y va repartiendo bendiciones.
Los franceses son educados, siguen utilizando el usted para todo. Carina habla de usted a sus empleadas, aunque algunas de ellas no pasen de los veinticinco años. Los profesores hablan de usted a los alumnos y viceversa. Y ya no les pongo los casos históricos y peculiares como el de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir que es conocido no llegaron a tutearse ni  en la intimidad. En La Matandeta, descuelgas el teléfono y escuchas: Oye, ¿no tendrás una mesa para las tres? Sin saber quién es tu interlocutor y a mí me entran unas ganas enormes, que apenas puedo contener, de soltarle: Caballero, usted y yo, ¿en qué cama nos hemos encontrado?.
En el diálogo no utilizan el no me has comprendido, sino el no me he sabido hacer comprender. Ellos no lo sienten, ellos están désolés. Ellos no te acompañan a un sitio con ganas, ellos lo hacen avec plaisir.  Una lengua dice mucho acerca de la forma de pensar y entender de la sociedad que la utiliza y la tiene como origen.
Sin embargo este savoir vivre tan francés, dicen ellos se está perdiendo. Las relaciones sociales se degradan, según leo en un artículo publicado en Le monde. En un sondeo efectuado por el Instituto Ipsos a mil personas, ante la pregunta de cuál era la  mayor preocupación de los franceses en su vida personal, los encuestados, antes que el dinero, el transporte público y el ruido, un sesenta por cien contestó que su mayor desasosiego era producido por la falta de savoir vivre.
La educación se pierde en nuestros paises, pero parece ser que son los franceses quienes peor lo llevan.
Quizás, porque como ellos mismos dicen, los buenos modales han formado parte de su cultura desde siempre, por lo que los sociólogos añaden que los franceses no tienen otra aspiración que ver sus relaciones sociales rehumanizadas.
Y ahí los tienen, organizando campañas en los metros, publicando un libro blanco sobre le lien social, y otras cosas por el estilo. Claro que como en esta vida todo es relativo y todo depende del cristal y la vara con que se  mire y se mide, a mí me siguen pareciendo muy educados.
 
 

miércoles, 24 de abril de 2013

ABRIL EN PROVENZA

En su última visita al Barbas no le dió la gana arreglarme la bicicleta de la difunta Mme. Moxon.
Dijo que él no era quien para tocar la bici de nadie y menos de una fallecida.
Falsas excusas de filósofo abstemio, puesto que en septiembre y antes de volver a España fue, me compró un candado y un bombín.
En realidad, teme que su osada señora coja la bici todos los días para cubrir el trayecto Puyricard-Aix, por la carretera.
A falta de bici, ahora que llegó abril, los días son más largos y se ha instalado en el paisaje la primavera, voy y vengo de la Fac con el coche de San Fernando: un ratito a pie y el otro andando.
Con tanta marcha por las montañas, arriba y abajo, a mis fesses les ha dado un subidón que parece que de momento hubieran derogado la ley de la Gravedad a mi alrededor.
A las siete de la mañana emprendo la ruta por los chemins que rodean a Puyricard y lo unen con la ciudad, sin necesidad de tomar la autopista o la carretera.
Suelo coger el chemin de Lauves una de las rutas Cézanne en cuyo inicio y casi pegado a Aix se encuentra el  que fuera taller del pintor.
A la media hora de caminata aparece ante mi vista la Sainte-Victoire, que a esas horas se puede apreciar a través de la bruma matutina, y que entonces es mía como antes lo fue de Picasso y de Cézanne. Qué lástima que yo no sepa pintar, ni dibujar, porque esta montaña tiene un perfil impresionante, digno de ser retratado por la mano de quien lo fue.


Les puedo confirmar que era cierto lo que me habían augurado: la primavera en la Provenza es espectacular. Una lujuria de colores y olores para los sentidos. Un despertar la vida como recién nacido y crado el mundo. La otra tarde, de regreso de la ciudad y con los ojos y la nariz abiertos y receptivos,  pasé por un lugar increible, cuya foto nunca revelará ni la mitad de lo que era aquello.
El silencio solo era interrumpido por el canto de los pájaros y el murmullo del viento. La vista se rercreaba ante tanto color y no acertaba a dónde mirar.
Empecé a caminar entre las flores blancas y amarillas. Una gran planicie de color y la sensación de que me encontraba en un locus amoenus, en mitad de un poema. Me senté un rato en la mullida alfombra de colores y desde allí contemplé la Sainte-Victoire. Tanta flor y tan salvaje, dioses.
Tal era mi ensimismamiento que no me dí cuenta de unos cajones de madera, por decenas, que se encontraban a mis espaldas. Unas cuantas abejas habían empezado a revolotear a mi alrededor. Y su número iba creciendo. A los pocos minutos, eché a andar hacia las cajas y solo entonces comprendi la  situación: Decenas de cajas de madera, las había por todas partes y las abejas salían de su interior. Me había metido en una zona de colmenas.
Pies para que os quiero. ¡Ay, de mis fesses si me llego a sentar sobre aquello! Ni locus amoenus, ni ley de la Gravedad que valga, ni tête de veau con salsa de ragout. No paré hasta llegar al camino y perder de vista las flores, la Sainte-Victoire y toda la gloria del universo pictórico.
Esas son las cosas que me pasan, mientras acaban las clases, llega el buen tiempo y me escriben los amigos.