jueves, 15 de diciembre de 2016

BUIDA LA CAMBRA

El Buida la Cambra comenzó nada más volver de mi año francés. Una de las primeras cosas que me sorprendió  de vivir en La Provenza fueron los anuncios del Vide grenier. Y eso, ¿qué es?
Había una noticia en el periódico local La Provence. Yo me tomaba un cortado en Le Germinal y leía la prensa. Una noticia de portada, al mes de llegar, es que había habido una manifestación delante del ayuntamiento porque el alcalde y la  corporación municipal habían reducido los puestos del Vide grenier de octubre a 350, cuando el año anterior se acercaron a los 750 y colapsaron toda la ciudad.
Los franceses son los reyes del reciclaje, de  hecho, la ropa de  segunda  mano lleva nombre francés en cualquier  parte del mundo... Vintage.
Así que cuando volví a casa propuse hacerlo porque a mí me había entusiasmado la idea y su concreción. Rafa Gálvez lo tradujo por Buida la cambra y en eso estamos...
Teresa llamó para  el primer Buida y le contó a Helena que, aunque nunca había estado en La Matandeta, su hermano había sido un cliente habitual durante muchos años. Ahora ella se estaba separando de su marido después de veinticinco años de  relación. Estoy desmontando la  casa y no quiero nada de nada, ni el más mínimo recuerdo. Teresa llegó al Buida acompañada de su hija. Traían cosas increíbles, a precio de saldo. No me quieras tanto, pero quiéreme bien. Teresa me contó sus traumas conyugales, me habló de su futuro y yo no me separé de ella en todo el día  porque necesitaba un hombro donde descargar.
Vinieron más Buida la cambra y Teresa siguió acudiendo con sus cosas, incluso cuando no le quedaban ya.  ¿Cómo estás? Le preguntaba yo. Bien, ahora estamos de  novios y  nos vemos a escondidas de mi padre y  de nuestros hijos. Pero estamos muy bien.
Hace un par de  Buida, Teresa apareció acompañada de un hombre muy atractivo e interesante. ¿Y este chico tan guapo, quién  es? Le pregunté yo. Es Lucas, mi marido, me contestó. 
Pasamos un día muy agradable y entre  ellos había muy buena relación.
Por la noche, Rafa Gálvez me preguntó: ¿Y el hombre que vino con Teresa, quién era? Su marido, le contesté. ¿El actual? No, el de siempre. ¿ Pero no había desmontado la casa y lo saldaba  todo porque se habían separado y ella no lo aguantaba más? Don't ask me, dear... Don't ask me...!





Clara también es de las  primeras. Siempre acompañada de su niña, Rebeca, clavada a  ella. Pelo azabache y unos  increíbles ojos  verdes como los de  las ondinas de los  lagos medievales. No se separan muchos metros una de la otra. Nunca jamás. Una tarde de primavera y  después de muchos  Buida la Cambra, Clara nos contó su  historia.
He puesto una pica en todos los continentes. Os podría  contar muchas cosas. Pero...
Una  vez tuve un novio holandés, vivíamos a muy pocos kilómetros de  la frontera con Bélgica y una noche me  llevó a un  club de intercambio de  parejas. En la vida os podéis  imaginar la fauna humana que había allí. Recuerdo que se disfrazaban. Que  había una gran cama en la  que  por turnos mujeres desnudas  se dejaban tocar... Y al día siguiente, todo el mundo a las ocho dispuestos  a trabajar. 
Cuando volví a Valencia, se lo conté  a un amigo que  terminaba la carrera  de psicología y... lo quiso convertir en un trabajo de  investigación. Así que  durante un mes nos dedicamos a visitar los  Swingers de  Valencia. Recuerdo una  señora  muy mayor que esperaba y le preguntamos... Y usted, qué hace aquí. Yo, esperar a mi marido que está con una chica. Mis hijos no lo saben. Pero a él le gusta y después en casa está  más contento.





Ricardo apareció como tres Buida la Cambra atrás y se puso a bailar al son de Bob Marley delante de mi paraeta. Es un chico encantador de cincuenta años con el que inmediatamente conecté. Siempre embuido en sus vaqueros y su polo de color turquesa. En realidad, creo que es su uniforme de los  fines de  semana. Ese día él bailaba y a mí me pareció muy simpático, pero no hablamos. Empezó a venir a almorzar a  La Matandeta y a contarme su historia. Si tengo que  decir que he conocido un hombre tierno  en esta  vida, tengo que  decir que es Ricardo. Es como un gran peluche que sonríe, habla y se te  acerca. Y nunca sientes frío a su lado.



El último Buida la Cambra que celebramos apareció mi amigo Pascual. Hemos  tenido una  relación muy íntima durante  muchos años.
 De contarnos  cosas que no nos atreveríamos delante de los  focos. Pero un día  ocurrió una mala circunstancia y yo no se lo perdoné durante años.
Ahora, he llegado al firme compromiso conmigo misma de  enfadarme  muy poco, laisser faire, laisser passer, que dicen los  franceses. Un día, hace un año, nos  cruzamos a la entrada del polideportivo de Alfafar y nos pusimos a  charlar como si el tiempo no contara  para nada. Creo que nos hemos  perdonado mutuamente. Y, además, ¿qué importa todo?
Pascual me  dio la alegría  de volver a  vernos. Nos sentamos a almorzar con Teresa y su marido. Clara y su niña y otra  amiga más.
Pascual no quería almorzar, decía que meterse una copa de  vino a esas horas  lo iba  a dejar  tumbado. Se  pidió un café con leche y unas tostadas. Pero, mientras nosotros almorzábamos, se sirvió una copa de  vino. Yo le dí medio bocadillo. Se fue al lavabo y en la barra le dieron un café con leche que trajo a la  mesa, mientras una camarera le traía otro. Y también las  tostadas. Vas a tener que pagar  el doble, le susurré.
A mí es que me  gusta mucho la ginebra, nos soltó sin venir a cuento. El gin-tonic ¿querrás decir? Le preguntó el marido de Teresa. No, la ginebra a palo seco.
Cuando se marchó lo acompañé hasta la salida. Me voy a EE.UU. Pues escríbeme, como lo has hecho tantas veces desde Paris o Venecia. No sé si te lo mereces, pero te quiero.




El próximo domingo, 18 de diciembre tendremos  en La Matandeta Buida la Cambra. Vendrán los de siempre a compartir sus cosas  y sus  vidas. Se acerca la Navidad, esa  festividad que  parece  que  nos ponga a  todos  ñoños. Seguro que lloverá y lo haremos  dentro, en el comedor verde, como el color de la esperanza. Compartiremos nuestros sueños y nuestras depresiones. De eso se trata, ¿no? De comer el mismo pan. No me digas, que una vez más, te lo vas a perder y te conformarás con que te lo cuenten. Vamos, de ti depende.




sábado, 10 de diciembre de 2016

NUNCA UNA PAELLA DIO TANTO DE SÍ






                                                                "Somos semejantes a unos árboles en la nieve, que parecen
                                                                flotar, como si no tuvieran raíces. Es pura apariencia, porque
                                                                todo el mundo sabe que los árboles tienen raíces bien enterra-
                                                                das. Pero eso también es pura apariencia".

                                                                                                   Los árboles
                                                                                               Franz Kafka.



Nos ha hablado el sociólogo Zygmunt Bauman, a través de la metáfora de la liquidez,  de la precariedad de  los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de las relaciones, en las que el amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro y se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la web. Sin embargo, existen excepciones a  la regla y yo les contaré una...
Claudia Chagüi llegó a La Matandeta el pasado 13 de julio, recuerdo perfectamente la fecha porque ese día teníamos un taller de paellas para la familia lionesa Fabre y así consta en la factura.
Vino acompañada de su prometido Patrick Seasson, y dos amigas, una de ellas, Sue, también colombiana. Claudia nació en Barranquilla, como Shakira, Sofía Vergara o José María Peñaranda, autor y compositor de la famosa canción Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla... Y en esta ciudad celebrará su boda  con Patrick el próximo 25 de febrero.
Pero Claudia realizó sus estudios universitarios de diseño en Kansas City y empezó a trabajar en Chicago.
No me senté con ellos hasta  el  final de la comida. Tomaron  con fruición entrantes y una paella de pato, pollo y conejo. Eran alegres y de conversación cercana. En seguida empezamos a congeniar.¿A qué te dedicas? Le pregunté. Soy diseñadora de experiencias, puedes ver mi trabajo en Internet.
 Cuando les comenté que en octubre me iba a Connecticut, Claudia me ofreció su apartamento en Brooklyn para pasar unos días y poder conocer la Gran Manzana.
¡No lo hagas!  Le advirtió mi hija. Porque seguro que irá.
Claudia, Patrick y sus acompañantes siguieron rumbo a Granada donde asistirían días después a la  boda de un amigo colombiano con una granaína. Y seguimos con nuestra incipiente amistad a través del Whasap y el Facebook.
Ahora, nos diría Bauman que las relaciones son líquidas porque vivimos en un mundo líquido en el que los hombres y las mujeres desesperados al sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, siempre ávidos de la seguridad de la unión, desconfían todo el tiempo de estar relacionados para siempre porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones que no se sientan capaces ni deseosos de soportar y que puedan limitar severamente la libertad que necesitan para relacionarse. Añade el sociólogo que en un entorno de vida moderno, las relaciones suelen ser, quizás las encarnaciones más comunes, intensas y profundas de  la ambivalencia. Y por eso ocupan por decreto el centro de atención de los individuos líquidos modernos, que las colocan en primer lugar de sus "proyectos de vida". Si, las relaciones son importantes. No somos lobos esteparios, sino animales sociales con necesidad de comunicarnos con otros. Y el mundo, a veces no parece tan líquido y tan volátil como nos quieren dar a entender.



Llegamos un lunes a Brooklyn con el metro, después de que unas horas antes, Dominic Zampano nos acercara a la estación de New Haven y tuviera sus dudas con nuestra cabezonería de, cargadas con cuatro maletas y un par de mochilas, fuéramos capaces de llegar, sin coger un taxi, hasta el apartamento de Claudia, cerca de la octava avenida de Brooklyn. Pero lo conseguimos escaleras arriba, escaleras abajo y con mucha amabilidad por parte de los neoyorkinos.
Se acercaba Halloween y las tranquilas calles de este barrio aparecían adornadas. Había calabazas y calaveras por todas partes. Llegamos sobre la una del mediodía y Claudia nos recibió con una gran sonrisa. Era la segunda vez que nos veíamos en la vida y nos dejaba una habitación en su casa. Patrick, que es periodista, andaba de trabajo por Dallas, así que teníamos un apartamento de chicas.
Esa noche Claudia cocinó para nosotras comida colombiana.
Como la educación y la gratitud no están reñidas con nadie, le quisimos devolver el favor invitándola a cenar la última noche de nuestra estancia. ¿Qué les apetece cenar? Lo que tú quieras, le contestamos al unísono. Pues iremos a un tailandés en el Soho que está muy de moda. Se montó en su bicicleta y se fue por el puente de Brooklyn camino del trabajo, una oficina situada en Tribeca. Desde hace un año, Claudia trabaja en la canadiense Sid Lee  que, entre otras empresas, son los propietarios del Cirque du Soleil.
Anduvimos Pilar y yo durante horas, cruzamos el puente de Brooklyn. A veces, yo me escapaba sola a dar vueltas por el barrio. No hay mejor forma de conocer una ciudad que pateándola y la soledad también es una buena compañera de viaje.



El último día de nuestra estancia me levanté temprano, nada más oir a Claudia que se preparaba para salir. Había tenido una intuición. Yo le hago mucho caso a mis intuiciones porque no me fallan. Claudia, te importa que en lugar del restaurante quedemos en tu trabajo. Bueno, me contestó, pero es solo una oficina. Anotó la dirección en un whasap y se fue con su bicicleta.
Habíamos quedado una hora antes de ir a cenar y Pilar, que lo encuentra todo, estemos donde estemos, me señaló un edificio de oficinas.



Al lado del ascensor aparecían los nombres de los diferentes despachos. Julian Schnabel. ¿De qué me suena a mí Julian Schnabel? Es un pintor, no, un arquitecto. El País Semanal. Lo leí en El País Semanal...
Julian Schnabel es un pintor neoyorquino nacido en Brooklyn, que ha dirigido también cine: Basquiat, Antes de que anochezca y La escafandra y la mariposa. Está casado con la actriz vasca Olatz López Garmendia, tiene casa en San Sebastian y habla con fluidez el castellano. Uno de sus estudios está en este edificio en el que acabamos de entrar. ¡Qué lástima que no nos lo crucemos!


Cuando llegamos a la cuarta planta y entramos directamente en la oficina, nos da la sensación de que nos hemos equivocado. ¿Esto es una oficina de creativos neoyorkinos? No sabemos si estamos en un bar, por la inmensa barra que se vislumbra en frente, en una casa particular, por los sofás Chester, en la habitación de unos adolescentes, por la pelota de baloncesto, de bodybalance y las deportivas que aparecen repartidas por las diferentes mesas.
Aunque la mayor parte de la gente que trabaja aquí se ha marchado, Claudia en seguida nos presenta a cuatro de sus compañeras. Mientras nos instalamos en la barra con ellas, Claudia sigue con una reunión. Están preparando la campaña de lanzamiento  de la cerveza Stella Artois en Corea y allí se tendrá que marchar nuestra amiga en un par de semanas.


La primera en ofrecernos cerveza es Cecilia, que nació en Donosti, se crió en Perpiñán y con dieciocho años se fue de au pair a Bruselas. Allí un amigo suyo que le pasaba los petas a la directora de una empresa de publicidad, consiguió que ésta le  diera una oportunidad y así empezó en el mundo de la publicidad. Siete años después dio el salto a Nueva York. Hay mucho trabajo en esta ciudad para la gente que diseña, nos había contado Claudia.



A Cecilia le hago la observación de que tenemos algo en común. El día de su santo es mi cumpleaños y mi madre estuvo tentada de ponerme María Dolores Cecilia, pero mi padre le respondió que para ser pobre eran demasiados nombres. La chica es un encanto y en seguida nos confiesa que hoy mismo se ha enamorado de un compositor canadiense, amigo de Beyoncé y Ryana. El encuentro ha sido debido a que  él tenía interés en ver su trabajo. `Pero Cecilia está saliendo con un chico que trabaja de repartidor. Nos enseña sus fotos. Qué os parece. Mujer, un término medio, ni un repartidor de paquetes, ni un tío que tiene un Jaguar, le digo. Pues a mí me parece que tu chico es un animal sexual, le suelta Pilar y yo me mondo de la risa. Qué ocurrencias tiene.
En seguida nos presenta a su amiga Lula, que ha venido a pasar unos días con ella. Lula es madrileña y, hasta hace muy poco, trabajaba en el gabinete de comunicación de Manuela Cármena, así que nos cuenta anécdotas muy divertidas de los viajes que ha hecho con la alcaldesa de Madrid. Ahora está montando una ONG "Porcausa". Nos dice que pasó el mes de agosto en La Eliana, en casa de su amiga la cantante Soledad Giménez. Pero si yo vivo en La Eliana, le dice Pilar, y nos hemos tenido que conocer en Nueva York. ¡Qué cosas!



También está Roxanna, una brasileña que trabaja como free lance y habla muy bien español, y Mae, la secretaria y chica para todo, a la que Claudia augura un futuro prometedor porque escribe muy bien y eso los jefes lo están valorando.
Lo hemos pasado en  grande con estas chicas y el tiempo de esperar a Claudia se ha hecho corto. Ahora nos acogen  la noche y el Soho, donde comprobaremos que los locales están a reventar y eso que hoy es miércoles. Siempre es así, nos cuenta Claudia, la gente en esta zona gana mucho dinero, pero también gastan mucho. Salen todas las noches.





Ha sido una noche fantástica y mañana toca aeropuerto.
Hace poco  mi amiga Nieves Alonso me dijo uno cree que va a hacer un viaje, pero en seguida es el viaje el que lo hace a él. Así es, hace tiempo que prácticamente no programo mis viajes, los viajes van surgiendo y si estoy atenta, y lo suelo estar, hay muchas ocasiones para coger una maleta y partir. Yo tampoco soy turista.
Un par de viernes atrás cenábamos en Albaida, en el Mos i Glop y Dani Belda me presentó a su  amiga Esther. Ambos, que son de la misma comarca, se conocieron en el aeropuerto de Shangai, cuando vivían en China dedicados a sus empresas. 
Rápidamente se estableció una corriente de empatía entre las dos. Hablamos de todo un poco y en un momento dado, Esther me dijo que en enero vuelve a Shangai y si me gustaría acompañarla.
¡No le digas eso! Le espetó Rafa Gálvez. Porque seguro que se marcha contigo.

martes, 6 de diciembre de 2016

CALMA CAÓTICA




                                                                          Para el caballero que me llamó ex-bloguera




Tengo dos imágenes grabadas en el disco duro de mi memoria a largo plazo. La primera vez que, con diecinueve años, llegué en tren a  Santa Lucia de Venecia y cerca de las siete de la tarde, Marga Tortosa y yo salimos  de la estación para contemplar el Cannaregio. Fue como traspasar una puerta que nos desplazó directamente al siglo XVII.
La segunda ha sido este pasado mes de octubre con cincuenta y seis. Llegar a Central Station y  desembocar directamente en la Quinta Avenida de Nueva York.
Son dos imágenes en contrapunto. El problema no eran las ciudades, ni la gente, ni el barullo. Ni siquiera yo. Sino mi forma de percibir la realidad, que no ha cambiado para nada, a pesar de los años transcurridos. ¿Y  qué digo? ¿Cómo puedo separar mi percepción de la realidad de mí misma? 
En eso consiste el quid de la cuestión. Por mucho que corra Ulises, nunca atrapará a la tortuga. Ulises eres tú, crees conocerte, pero cuando ya lo has hecho, te has convertido en una tortuga que parece que no corra, pero que ya no está en el mismo sitio donde la conoció Ulises, que también eres tú.
Resumiendo, y después de intentar que estos meses en seco, no me hayan secado también la capacidad de escribir y de comunicarles lo que siento y pienso, lo que más me sorprendió de mí misma el pasado  dieciocho de octubre  al salir de la Central Station de Nueva York, esa que hemos visto en tantas películas, es que mi capacidad  de asombro no ha variado desde los diecinueve años y eso, cuando me invade la certeza de que en cualquier momento, como todo el mundo, puede que ya no esté aquí, me emociona y me consuela. Porque como dice un proverbio de la Toscana: Cuando llegue la muerte, quiero que me encuentre vivo.
Pues eso, que nos fuimos mi amiga viajera Pilar Ortí y yo a Brandford, que está en el estado de Connecticut y es un lugar donde durante tres semanas, justo cuando llegamos, se estaba produciendo el Indian Fall, que  es así  como llaman en América del Norte  al fenómeno de la caída de las hojas en los bosques, cuando llega el otoño.


Y estuve allí, gracias a la generosidad de Dominic Zampano y Joe Orts, que si ustedes siguen este irregular blog, sabrán que aparecieron por La Matandeta allá por el 12 de  abril del 2013 y yo escribí de ellos  en una entrada titulada Esto no es una  paella.
Volviendo a lo primero y por establecer un orden y una prioridad, la imagen de mi salida de Central Station a la  Quinta Avenida fue como un vuelco que te da el corazón. Te lo han contado  tantas veces, lo has visto en tantas películas, pero no por ello, deja de sorprenderte. No es que los rascacielos sean grandes y altos, no es que existan por todas partes, no es que haya taxis amarillos y  mucha gente y semáforos... Es que hay mucho más de  lo que te podías haber imaginado.
Te podrá gustar  o no ese  tipo de ciudad, pero  no dejará nunca de impactarte.
Joe Orts y Dominic Zampano llegaron a La Matandeta un día entre semana, con tiempo para charlar y sin prisas. Los trajo la misma serie de televisión que nos ha traído a gente de cualquier rincón del planeta.
Un año después y ya jubilado, Dominic Zampano empezó a escribirme. A enviarme fotos del homenaje que nos hicieron aquella noche vieja cocinando paella y poniéndose los delantales que les habíamos regalado. Por aquel entonces, yo vivía mi año Erasmus en Aix-en-Provence. Desde entonces no dejamos de cruzarnos correos electrónicos en los que nos contábamos nuestras diversas experiencias vitales. Y Dominic insistía e insistía: ¿Cuándo váis a venir? El plural afectaba a Rafa Gálvez. Pero mi querido esposo no sube en avión desde el 2007. Y como una todavía tiene muchas ganas de vivir y de no parar en torreta, apareció ese mismo año en mi vida y en un aula de  la Escuela Oficial de Idiomas, Pilar Ortí. Desde  entonces llevamos doce viajes codo con codo, avión con  avión.
Pero cruzar el  Atlántico es palabra mayor y hacía falta una buena excusa. Dar cursos de arroces y de cocina española. Hemos  hecho paellas, tortillas, ensaladilla rusa, cocas de  llanda, naranjas preparadas..



Y hemos conocido una sociedad, la norteamericana  en plena ebullición debido a las elecciones...
Brandbord es una ciudad en el estado de Connecticut de gente acomodada y tranquila. Con casas desperdigadas, de  madera, sin  verjas ni rejas. Rodeada de  bosques repletos de  robles y de ardillas a las que califican de  suicidas porque se te cruzan constantemente por las carreteras.
¿Cómo son los norteamericanos? No lo sé. Lo mismo que me ha ocurrido con los franceses o los italianos. De uno en uno y tal como yo los he conocido, amables, muy amables y simpáticos. Otra cosa será la identidad que todos nos creemos como grupo.
La Zona  Cero es impactante. Dos balsas cuadradas de mármol negro por las que se pierde el agua y no se ve el fondo del olvido. Con los nombres de los que murieron grabados en sus bordes. Después de estar allí, no te salen las palabras, ni la sonrisa, ni quieres pensar en nada que no sea la nimiedad de esta vida.
Sonríe, sonríe. Smile, smile, me  repetía  todo  el tiempo Dominic hasta que llegamos a Chelsea Market. Y yo que no puedo. Pero unas  ostras tomadas  en la  happy hour, pueden retornarte  al mundo de los vivos.



Pasear por Manhattan, al principio agobia, todo es inmenso, andas con la cabeza hacia arriba, desafiando tu estabilidad y tus cervicales. Cierra la boca, me espetó un amigo por el washap. Por mucho que te lo hayan contado o lo hayas visto en infinitas imágenes, la realidad te puede.
Dominic y Joe son pareja desde hace trece años. Tienen una vida tranquila y acomodada y les gusta viajar por todo el mundo. Sobre todo a sus raíces italianas y españolas. El abuelo de Joe, Roque Orts Mut, fue uno de los quince mil valencianos que emigró, desde su Gandía natal a principios de siglo.
La ciudad de los rascacielos estaba en plena construcción y solo con saber leer y escribir, era fácil la entrada en el Nuevo Mundo. En el interesante trabajo que ha realizado el periodista Juli Esteve sobre este fenómeno migratorio, uno de los entrevistados cuenta la anécdota de su tío, que no sabiéndo ni leer ni escribir, se colocó un periódico americano debajo del brazo y  pasó por delante de los agentes a paso decidido. Estos dieron por sentado que llevando el diario, el pasajero no tenía problemas, no ya con la lectura, sino siquiera con el inglés.

Conocer Connecticut durante el Indian Fall, sus gentes y sus costumbres, ha supuesto una experiencia increíble. Que Dominic y Joe nos dejaran entrar en su casa y en sus vidas, compartir comidas y charlas con sus amigos y familiares, una oportunidad más de llenar el equipaje vital que nos acompaña. Al fin y al cabo, aquí solo vamos a estar de paso y en las faltriqueras no nos llevaremos nada material. Gracias, por el paseo en barco para ver el Sky Line, por la comida en Tartine, en Greenwinch Village, por las cenas con Leny y Edy, con Carol y Gary, que trajo el pinor noir de Coppola, por la lasaña, el ossobucco, los auténticos perritos calientes. Gracias por vuestros brazos abiertos.
Como dice Pilar Ortí, si ellos fueran normales, nunca nos hubieran invitado y si nosotras lo fuéramos, nunca hubiéramos ido. Al final, todos los estrafalarios del mundo, nos acabamos conociendo. Y qué gusto da serlo.
También estuvo Claudia Chagüi y Brooklyn. Pero lo dejaremos para otro rato.







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domingo, 12 de junio de 2016

MUCHAS VIDAS

Si a los dieciocho años me hubieran dicho que durante doce sería la jefa de cocina de un restaurante situado en lo que era la granja de mi padre, en mitad del marjal, hubiera echado a correr y todavía me estarían buscando. Pero si a los cuarenta y cinco me hubieran vaticinado que volvería a la universidad y que incluso pasaría un año de Erasmus en Francia, me habría parecido que se trataba de una enajenación mental por parte del anunciador. Y es que hay muchas vidas dentro de una misma.
Pero no solo eso. Hace poco encontré en un azucarillo una frase de Adam Smith que reza así: Si te tomas los asuntos a vida o muerte, morirás muchas veces.



La vida está llena de casualidades, que en realidad no existen, siempre hay algo o alguien que las provoca.
Esos párrafos que ustedes acaban de leer no fueron escritos ahora mismo, sino más bien hace año y medio. La entrada se titulaba Muchas vidas, pero en aquel momento y en aquella vida, yo no conseguí seguir. Esta noche ha ocurrido algo extraño, imprevisto. Mi hija y su marido, que llevaban todo el día, como así, nos han invitado a Rafa Gálvez y a mi  a celebrar, con Manuel que hace doce años que se conocieron, en un viaje, al que mi hija no quería acudir y en el que conoció al que sería su marido. Un viaje que propiciamos mi amigo del alma, Joan Roig y yo.
Recorríamos la península preparando cenas para la Agencia Valenciana de Turismo. Él llevaba a gente de su equipo y como el mío era tan paupérrimo le dije a mi hija adolescente que se viniera conmigo. Me dió por arriba y por abajo al grito de NO PIENSO IR CONTIGO. Pero vino, claro que vino. Y en aquel viaje, conoció a quien ahora es su marido. Se fijó en él por el precioso detalle de que durante la cena que tuvimos que preparar en Pamplona, en la cocina del hotel, al chaval, que mide más de uno ochenta, al ir a alcanzar algo, se le cayó encima una marmita de más de un metro. Ella, tonta perdida, se partió de risa. Y él debió pensar que con una risa tan franca se puede ir muy lejos.
Lo demás, da para varias novelas que posiblemente, acabaré escribiendo.
Pero esa no esa la cuestión. La cuestión es que, al final de una cena de celebración como la suya, y por una sola palabra, me dí cuenta cuán susceptibles nos volvemos cuando nos hacemos viejos, mayores no, viejos.
Hay  personas que se hacen mayores a través del físico. Hay personas que no admiten que su físico envejezca- Hay personas que no admiten que su susceptibilidad envejece.
No sé. Tengo tanto que contar. Pero ocurrió otra cosa. Me dieron ganas de volver a mi viejo blog y hablar con ustedes. Y mira, por dónde en la estadística apareció que ustedes hoy mismo, hicieron 135 entradas. ¿Pero si hace año y medio que no nos vemos? Eso se llama ganas de volverte a ver-
Pues en ello estamos. Otra vida y a seguir. Les echaba tanto de menos.

jueves, 16 de abril de 2015

LAS HISTORIAS, LOS RELATOS

En mi familia, siempre se contaron historias. Era una manera de tener presente nuestro relato, íntimo y ancestral,  la infancia se acuna con relatos, El abuelo Matanda tuvo siete hijas, cada una con un nombre y una personalidad distintos. Nelo,  lo intentó y lo volvió a intentar, hasta siete veces, pero nunca llegó el hijo deseado que cultivara los campos de la Marjal. La tía Concha, la menor de las siete hermanas ocupó el lugar en la  ayuda al padre quien se la llevaba para arar el campo o sembrar el arroz.
Con relatos, se va asimilando un pasado en el que a veces se trasluce el dolor y la tragedia, como la muerte, por desgracia, de mi abuela Dolores.
Les decía a principios de año, que se necesita un buen relato para seguir viviendo, sobre todo en los tiempos que corren. Estoy segura de que las parejas no se separan porque termine el amor, sino porque finiquitan el relato que las unió. Y, a fuerza, de no querer seguir imaginando nuevas páginas, unos cambian de partenaire, para emprender una nueva relación y un nuevo relato y otros miran hacia otro lado, aunque permanezcan juntos, como en el cuadro de Picasso El Arlequín y su mujer.
Cuando decidimos convertir la granja de mi padre, Manuel Baixauli Romeu, el Matanda, en un restaurante tuvimos que buscar un nombre que impuso él solo su presencia, La Matandeta. Puesto que toda la familia del abuelo Matanda había heredado el nombre, qué menos que una de sus biznietas al crear el restaurante en lo que antiguamente fueron sus campos de arroz, respetara a su ancestro y a sus orígenes, poniéndole por nombre La Matandeta.
Pues bien, recuerdo que poco antes de que abriéramos las puertas, durante un viaje de trabajo a Sicilia, isla apegada donde las haya a su pasado y a sus tradiciones, un ínclito director general de Relaciones Institucionales de la Generalitat, me preguntó cómo le habíamos puesto al restaurante. ¿La Matandeta? Con ese nombre nunca llegaréis a ninguna parte. Veinticuatro años después, nosotros hemos llegado hasta aquí y él hace tiempo que no se le ve por parte alguna. Les  puedo asegurar que no hay cosa que más les guste a los clientes que se les cuente la historia y el origen del nombre. 
Nos hacen falta relatos, me dice mi amigo, el escritor y pescador Paco Baixauli Mena. Sí, nos hacen falta relatos para entendernos, pero también para saber vendernos. Hay un pequeño pueblo en la Provenza llamado Venasque, no tendrá más de ochenta habitantes y sin embargo, cuenta con tres restaurantes con encanto que se llenan durante todos los días del verano. Aparte de las vistas espectaculares del paisaje provenzal que se pueden contemplar desde este lugar, se dice que sobre una piedra, situada cerca de la iglesia y junto al mirador, descansó María Magdalena, en su huida de Tierra Santa, tras la muerte de Jesús, y antes de morir ella misma y ser enterrada en la Sainte Beaume. Nadie ha podido atestiguar históricamente si el hecho es cierto, pero el relato les ha dado a los habitantes de la zona para mucho, entre otras cosas para mejorar su economía y su calidad de vida.


Vengo observando de un tiempo a esta parte, que el relato ha entrado en el mundo de los vinos. Lejos de llamarse Marqués del Potosí, Castillo de la Guadaña o Señorío de Más Arriba, han aparecido nombres en las etiquetas españolas como La Charla, La Pelea, Habla del Silencio, La Gresca, Paquito el Chocolatero.
Para mí, el primero en estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado, fue Mala Vida, de Bodegas Arráez, de la Font de la Figuera. Una etiqueta rompedora con el nombre de lo que hemos llevado todos durante estos años, una metáfora de la crisis. El vino se ha vendido solo. La gente se sentía identificada con su nombre y su etiqueta. Un acierto de Toni Arráez, quien en realidad buscaba el consumo de la gente joven y sin embargo ha conseguido unificar gustos sin tener en cuenta categorías de edad.


Pero hay una bodega que ha llamado especialmente mi atención por el nombre y las etiquetas de sus vinos: El sentido de la vida, El tiempo que nos une, Rabia, Remordimiento, Todo sobre mí. Independientemente de que los vinos, de la DO. Jumilla y de la Tierra de Castilla, presenten una calidad excelente y para hablar de ello hay personas mucho más cualificadas que yo, su presentación ya encierra en sí todo un relato. ¿Quién puede estar detrás de una bodega cuyos vinos llevan tan singular nombre? La pregunta nos llevó hace unas semanas hasta Fuente Álamo, en Albacete, a la quesería Cerrón, donde Juan José Cerdán inició su empresa hace más de veinte años y desde donde la extendió a viñedos y bodega.

En mi vida había visto una bodega tan integrada en el paisaje como la que tienen ustedes en la foto. Lejos de ostentcticiones y edificios vinícolas como catedrales, la bodega de la familia Cerdán parece querer pasar completamente desapercibida para la gente y sobre todo para el medio ambiente, como sí solo tuviera derecho a estar completamente integrada con él.
Sus vinos tienen nombre peculiares. El sentido de la vida, dedicado a su madre. Él me dice, una mujer coqueta y a la que le encantaba viajar. Uno de sus hijos, con permiso del resto de la familia, ha dedicado uno de sus mejores vinos a la foto de la madre, quien le dió a Juanjo y a sus hermanos el sentido de la vida y las ganas de emprender aventuras.
Pero si Juanjo Cerdán emprendió esta aventura, junto a su esposa Juani y sus hijos, es porque, a fin de cuentas, se nace con vocación funcionarial o se nace emprendedor.
Toda la familia está al pie del cañón, salvo el pequeño que amplía estudios de biología marina en Noruega. Y antes, ya lo hizo en Brasil. Una familia que trabaja duro para seguir adelante, pero innova y emprende. Y si no, dénse una vuelta por sus pagos y sus vinos,. Aunque lo de los vinos, lo tienen difícil. El ochenta por cierto de su producción se dedica a la exportación. Para florituras, ya están los de siempre.
Salve y ustedes entiendan El tiempo que nos une.