jueves, 27 de noviembre de 2014

MARIBEL, VICENT, JULI ESTEVE Y... ELS PERELLONS DE LA VALL.


Juli Esteve es un periodista fraguado en las lides de los que nunca buscaron acomodarse en una plaza fija en los buenos tiempos de Canal y Radio 9. Recuerdo haber hablado muchas veces con él pidiéndole una cámara en sus tiempos de coordinador de informativos en la televisión autonómica y en los míos de informadora institucional. También recuerdo una noche de San Juan en La Matandeta y una mesa reservada para cuatro por Francesc Bayarri. Es este último al que le leí hace poco un buen artículo en el Facebook sobre el excelente reportaje de Esteve Del Montgó a Manhattan, un exhausto y bien trabajado documental sobre los valencianos que emigraron a EE.UU. a principios del siglo XX. Una caterva de analfabetos, jornaleros a media semana y gente que por primera vez salía de su comarca alicantina para buscarse un pedazo de pan sin tener que llepar al senyoret uns quans jornalets.
La verdad es que el tema empezó a interesarme desde que llegaron a La Matandeta José Orts Mut y su novio Joe Zampaio en busca de sus raíces gandienses y a los que ya presenté en mi entrada Esto no es una paella.
Bueno, a lo que vamos, yo tenía muchas ganas de ver el reportaje del Juli y el viernes de hace una semana, así por casualidad, llovía, porque siempre llueve cuando no toca, o cuando menos te lo esperas y me encontré un evento en el Facebook. Hay que pasar muchas horas en soledad, como yo las pasé en Francia, para saber cómo funciona ese trasto del FB y la mucha compañía que te puede hacer cuando estás lejos de los tuyos. El susodicho evento hablaba de la Festa-Fira del Perelló y de que el periodista Esteve presentaba en la Vall d'Ebo su increíble documental. Como las ocasiones las pintan solas, dió la casualidad de que el 22, día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, es mi cumpleaños, así que le sugerí a Rafa Gálvez que en lugar de cualquier chorrada por la que siempre acabamos peleados, me regalara un fin de semana en la Vall d'Ebo. ¿Y por qué la Vall, el Barranc de l'Infern? Porque estará allí Juli, que apenas me conoce, y pasa su documental.
Hay varias maneras de entender la vida. Una, importante, consiste en ponerle pegas a todo. La otra, imprescindible, es ver el horizonte resuelto. La segunda es la mía. Busqué en Internet dónde alojarnos y apareció el Hotel Rural del Barranc de l'Infern. Y apereció la voz de Maribel que me habló y me acogió como si lleváramos muchas horas en común de compartir infusiones y mesa camilla.
Y allá que nos fuimos. Vicent vió pasar nuestro coche y debió pensar como el zapatero remendón en La tesis de Nancy, hasta luego... Y luego fue ver al hijo de la Sofía que ya no cumple los ochenta, con la furgoneta llena de capazos de perellons a seis euros los veinte kilos. Y aparecer al día siguiente a Maribel que es como Olivia, la de Popeye y siempre se está riendo. Y que nos contaran sus problemas como si hubieran decidido nombrarnos padres putativos. Y muchas más cosas que una vive por la sencilla razón de que todavía se atreve a vivir.  Y vivir implica un montón de riesgos.
El documental de Juli Esteve es un impresionante trabajo que pueden encontrar ustedes en la web de info.tv.
Por favor, no se lo pierdan. Hay dos formas de hacer periodismo, perdón, tres. Periodismo malo, periodismo literario y periodismo de investigación. Juli Esteve es un maestro en este último campo.
¡Ah! Y los perellons son una especie de manzanas, con la piel más dura y màs ácidas y capaces de montar cada estropicio... Pregunten al sr. Gálvez si no.
Nos vemos en el Buida la cambra , llueva o no. Si no es mucha molestia, compartan este evento en su muro del FB, que no se trata de hacernos solo publicidad, sino de comenzar a fomentar un deporte nuevo, el del reciclaje. A las pruebas me remito.
Salve y nos vemos el domingo.

viernes, 21 de noviembre de 2014

EL PH DE MAITE COMINS

Tengo la teoría de que en las distintas etapas de la vida que nos toque atravesar, hay que dejar, al menos, un amigo.   Maite Comins es amiga mía desde  los tiempos que trabajé en la Generalitat. Nos conocimos a finales de los ochenta en el gabinete de prensa de Presidencia y nos volvimos a encontrar a principios de los noventa en el de Medio Ambiente. Recuerdo a Maite, por aquel entonces como una chica rubita y tímida que una tarde me pidió que la acompañara a El Corte Inglés para que en la sección de cortinajes, me las viera con el encargado a fin de que le cambiaran el tejido con el que pensaba decorar las paredes  de su dormitorio. ¿Y por qué no se lo dices tú? Porque tú tienes mayor capacidad de convicción, me contestó.
En aquel gabinete, formado íntegramente por mujeres, se dedicaba bastante tiempo al análisis de noticias y nos sucedió como a Le Clézio  en La ronda de noche y otros relatos, que alguna de ellas también nos dio pie a más de una historia que tuvo que ver con niñas chinas arrastradas por el viento. Pero Maite me ha pedido que lo deje para otra ocasión, así que seré muy críptica.
Lo bien  cierto es que formamos un buen equipo de trabajo, pero llegó un momento en que mis circunstancias personales se impusieron, así que pedí una excedencia en la función pública, colgué el traje chaqueta, me bajé de los tacones y me puse el delantal. Y pasé de convocar ruedas de prensa , de asistir a certámenes y congresos y a interesantes conversaciones sobre lo divino y lo humano con lo más granado de la beautiful de Valencia, a vérmelas con calamares y cebollas y a enfrascarme en la influencia de las fases de la luna sobre las cosechas con Simón, el gitano que me traía los caracoles.  Sin embargo, mi amistad con Maite Comins ha seguido a través de los años. No hace falta que nos veamos muy a menudo para saber quiénes son los nuestros, los que nos aprecian y siguen a nuestro lado. Maite ha celebrado sus fiestas familiares en La Matandeta, ya fueran las comuniones de sus hijos, una comida con amigos o los encuentros con sus familiares.
Pues sucedió, hace ya ocho primaveras, que Maite me convocó cerca del mercado del Cabañal, un jueves del mes de junio para contarme que fraguaba la idea de celebrar el cincuenta cumpleaños de su marido, Cristóbal Paus, con un fiesta sorpresa en La Matandeta. Me dió la fecha: a principios de agosto, un sábado para mí y un jueves para ella. Acto seguido y durante el tiempo que transcurrió hasta la fiesta, no hicimos más que discutir, como dos buenas  amigas que somos, sobre el precio, el menú y las circunstancias del ágape. Maite regateaba y yo fajaba sus embestidas: Que si para una cena no tengo presupuesto. Pues si no tenéis vosotros, la clase media, ya me dirás que tendrán los parias de la tierra. Que si no son tiempos para derroches, que no te quejes, que te conozco,. Que a ver si me haces un descuento, que somos cada vez más l en la fiesta sorpresa. Que para descuentos estamos con precios tan ajustados... Y así, hasta que llegó el mes de agosto.
 Una tarde de esas bascosas, yo andaba por la terraza con el amigo Joan Ribera que me tranquilizaba ante mi próxima estancia de un año en Francia.
Pero yo no las  tenía todas  conmigo. Era una tarde, ya lo he dicho,  bascosa, Helena  no se encontraba bien. Ha llamado Maite que dice que vendrá dentro de una hora con sus padres y sus hijos para ensayar lo del cumpleaños.
Pero cómo se le  ocurre  a Maite Comins  ensayar una semana antes. Acabábamos de cerrar el servicio del mediodía y se imponía una siesta veraniega, cuando llegó Maite Comins enfrascada en un Pedro del Hierro, toda hermosa y etérea.
- Pues si te has puesto así para el ensayo, ¿cómo vendrás el día de la fiesta?
- Qué ensayo, María Dolors, la fiesta es dentro de una hora.
- La fiesta es el sábado, Maite.
- Es una broma, ¿verdad, Dolors?
- No es ninguna broma, Comins, está todo preparado para el sábado.
Allí estábamos, Maite, esplendorosa y cada vez más blanca con su Pedro del Hierro, rubia y atractiva. Y yo con un blusón de los chinos y los pies llenos de fango porque estaba regando el jardín. Que si era el sábado o dentro de una hora, la fiesta sorpresa del sr. Paus convocada por su cincuenta aniversario.
El padre de Maite, que en paz descanse, se sentó en el sillón y suspiró como diciendo, a ver cómo acaban estas dos.
- Y ahora qué hacemos, musitó Maite.
-Pues qué vamos a hacer, ¡correr, correr, correr!
Rafa Gálvez dormitaba en el balcón, Rubén estaba en el huerto y Helena en la cama. Todo el mundo a sus posiciones. Las patatas casi que se pelaron solas, mientras en el aire un tenedor batía los huevos. Las ensaladeras se rellenaron casi, casi que a la velocidad de la luz, los bocadillos se calentaron a ritmo de corneta y las mesas se montaron entre Helena y todos los Paus-Comins.
Si algo hay en un restaurante es comida. Lo demás lo sudamos aquella tarde, por mi despiste, a  base de bien.
Vale que fuera una vez al instituto con dos zapatos diferentes. Vale que aparcara un coche en El Saler y pensara durante dos meses que me lo habían robado, hasta que apareció, milagrosamente, en el mismo lugar que yo había olvidado. Vale que a una madre de comunión le pusiera pato en lugar de cordero  en el menú. Pero esta vez, la cosa se había pasado de castaño oscuro.





Mi amiga Maite, mi compañera de fatigas en tantas cosas. Al amigo Ribera, que todavía andaba por el jardín, lo enviamos a por cervezas. porque el barril se había terminado y hasta el día siguiente no llegaba el camión. Trajo las provisiones, cogió a Manuel y a su hijo y nos espetó Yo me voy con los niños. Aquí estáis todos locos.  A medida que llegaban los cincuenta invitados, Maite les iba informando de las circunstancias de lo ocurrido. Supongo que curándose en salud, de lo que pudiera salir de aquella cocina. A la hora convenida, llegó el homenajeado, que no sabía ni de la misa, ni de su mitad. Cristóbal Paus, que es jefe de Recursos Humanos del Grupo Godó, después de los brindis y del relato de esta mi gloriosa hazaña de despiste universal, ante el improvisado y suculento ágape dijo que allí no habían habido recursos humanos, sino humanos con recursos. En fin, que la fiesta se prolongó hasta altas horas de la madrugada y mi amiga Maite Comins no ha dejado por ello de ser mi amiga. Eso sí, cuando hace alguna reserva siempre me puntualiza: Pero apunta bien el día , ¿eh?
Vamos que si se enteran ustedes de algún concurso de despistados, apúntenme, que hay premio asegurado. 
Salve y ustedes tengan una feliz semana.





miércoles, 5 de noviembre de 2014

SORPRESAS


Querida María:
Gracias por recordarme tu fecha de nacimiento y la de Lila, así yo también podré felicitaros por vuestro aniversario.
La chica marroquí llegó bien y se encuentra aquí estupendamente. No sé cuál ha sido tu papel en este asunto, pero te lo agradezco.
Las fotos que me has enviado me confirman que seguís tan jóvenes como cuando os marchásteis de aquí.
Voy  a cambiar mi sistema informático, así que ya te enviaré mi nueva dirección.

                                                        Derek Moxon,
                                                 Puyricard, 30 de agosto de 2014.


¿Qué papel, qué chica marroquí, a qué agradecer? Le dije a Rafa Gálvez que por fín tenía noticias de Derek Moxon, mi casero inglés en Francia, durante mi estancia Erasmus, pero que no entendía qué me decía y lo atribuí a que a sus ochenta y un años, recién cumplidos el 26 de agosto, las cosas por su cabeza empezaban a andar mal.
No me envió su nuevo correo electrónico, así que yo no le anuncié que llegaba con Pilar Ortí a finales de septiembre a Puyricard, el pueblo residencial a escasos diez kilómetros de Aix-en-Provence, en el que residí durante casi un año. Para los que se incorporaron después a este blog y para refrescarles la memoria a los demás, les recomiendo que lean mi entrada La Matandeta y sus historias Derek Moxon y yo, en la que encontrarán de qué forma tan pintoresca conocí a este caballero inglés.
Lo bien cierto, es que durante nuestra estancia nos quedamos en casa de Olimpia y Alfredo, de origen español, que viven a unos cien metros de la residencia de Derek y después de una espléndida bienvenida en la que no faltó un apéro con productos ibéricos y rosé de Provence, ya finalizado l'après midi, nos dirigimos a la casa de Mr. Moxon.
A su pregunta por el interfono, le respondí que era yo, María, que se encontraba frente a la entrada del 131, Les Muriers, sin previo aviso, ni comunicación.
¿Han visto alguna vez la cara de un niño ante la sorpresa de un regalo deseado pero inesperado? Esa fue con la que nos recibió. A Pilar, que habla perfectamente francés e inglés, ya la conocía de sus dos visitas anteriores. Y yo, al contrario que sus otras inquilinas, nunca le prometí que volvería, pero lo hice.
En la casa también se encontraba Kenza Lamouasni, una preciosa chica de Marrakech que habla perfectamente español y que nos recibió con una amplia sonrisa y con la sorpresa de decirme que ella está allí en Puyricard, en casa de Derek, gracias a mí. Es estudiante de primer curso en la Facultad de Letras, la misma en la que yo estuve, salvo que ella estudia inglés y chino. Cuando tomó la decisión de venirse a la Provenza empezó a buscar alojamiento y a través del enlace de appartager.com dió con el anuncio de Derek, que buscaba una inquilina. No se fió de aquel anunció en la que un señor mayor le ofrecía casa gratuita a cambio de nada. Y mucho menos lo hicieron su padre, profesor de matemáticas en un instituto marroquí y su madre, ama de casa. Pero le contó lo que sucedía a un amigo y este puso el nombre de Derek Moxon en el dios Google y apareció mi blog La Matandeta y sus historias, antes Erasmus a los 50 y Kenza, su familia y amigos, pudieron conocer mis peripecias y mi vida con Derek, durante un año en la Provenza. Eso fue suficiente para convencerles de que este flemático señor inglés sería el perfecto casero para su estancia de tres años en la Universidad francesa.



Fue una auténtica sorpresa para mí descubrir a Kenza  y su historia, y el trabajo que había realizado mi blog, convenciéndola, a ella y a sus padres, de que ese señor al que no conocían, era una persona amable y respetuosa y de que ella estaría en un lugar hogareño y seguro. Ahora, la sorpresa me la había llevado yo. Entonces encontré sentido al correo que Derek me había enviado a finales de agosto.
Kenza añadió que, en Marrakech, sus amigas estudiantes de español me leen y me siguen. Y de pronto descubro como una pequeña satisfacción interior, algo inesperado de lo que siempre me habían hablado los escritores, esa sensación que tienen las palabras para el que las conjura cuando no rebotan contra la pared.
Esta mañana le he preguntado a un amigo qué significa que mi Google + tenga 217.065 vistas.
Fácil , ¿no?, me ha contestado.
Que te han visto 200 y pico mil veces.
¿Que  me han visto qué?
Pues, qué va a ser, tu blog.
Y me ha quedado un regusto a bueno, a saludable, a misión cumplida. Les podría dar mil y un motivos de por qué una escribe y tiene afición a contar historias, pero Kenza, con la suya,  y su reflejo me dió la mejor respuesta.
Aquellos días, de los que ya ha  transcurrido un mes, conocimos también a Bahar, la treintaañera del Turkmenkistán que también reside con ellos, su historia, sus orígenes y sus objetivos futuros. No paramos en torreta por una Provenza soleada y Pilar Ortí quedó contagiada con el virus marsellés de una ciudad llena de mezclas y colores.
A la hora de la despedida, con un cordero halal que conseguimos Pilar y yo en el barrio de Noailles, en honor de la joven marroquí, le anuncié a Derek que volveré con mi hija la próxima primavera, y con su flema británica y escepticismo octogenario, me respondió que no sabe si todavía seguirá allí.
Recemos al Dios de los cristianos, de los judíos, de los musulmanes y de los escépticos y flemáticos octogenarios para que esto sea posible.
Otro día les cuento más sobre ma Provence.
¡Ah! Y no le hagan caso a Sabina. Yo también estuve en Macondo y, sin embargo, comprendí que al lugar donde fuiste feliz, que debieras tratar de volver.
Salve y ustedes disfruten, el otoño por fín está aquí.






miércoles, 15 de octubre de 2014

UNA FAMILIA NORMAL




                                                                                Todas las familias felices se parecen,
                                                                                las desgraciadas lo son cada una a su manera.
               
                                                                                        Anna Karenina, León Tolstoi



Tomar la decisión de convertir la granja de mi padre en un restaurante no nos llevó mucho tiempo, puesto que se trataba de una osadía. Hay mucha diferencia entre los valientes y los osados. Los primeros calculan sus fuerzas y el riesgo que asumen. Los osados se lanzan a la piscina sin siquiera comprobar primero si tendrá agua.
Sabíamos tanto de restaurantes como los esquimales de vender arena del desierto. Así que se fueron acumulando un montón de problemas no solo económicos, sino también familiares y emocionales.
Pero Rafa Gálvez y yo eramos personas adultas y mi padre se encontraba en tal situación que se hubiera cogido a un clavo ardiendo. La cuestión es que no íbamos solos, en la mochila traíamos una niña que cumplió siete años con el restaurante recién estrenado y que pasó de vivir en un piso de doscientos metros cuadrados, luminoso y cómodo en la plaza de Sedaví, a un cuarto, junto a la barra, con un sofá cama, un perchero y un pequeño televisor, porque se nos acabó el dinero y hasta dos años después no pudimos remodelar el pisito que ya tenía la granja. Una niña cuyos padres dejaron una vida cómoda y estable y le dieron un giro de ciento ochenta grados mirando hacia el abismo.
Sin embargo, los niños no viven las tragedias como nosotros. Construyen un castillo en el aire y se parapetan en él, se fortalecen hasta que llega la adolescencia y se viene todo el edificio abajo.
Muchos días, el abuelo, le decía Helena, a ver cuántas niñas de tu colegio tienen la suerte de poder mear por las mañanas debajo de una higuera.
La niña, aparentemente, disfrutó de la nueva situación. Ahora vivía en el campo, tenía perros,  gatos y mucho espacio para correr. Los festivos más señalados, como el día de Navidad, la sentábamos a comer con algunos clientes de confianza, para que ella también tuviera su fiesta familiar, mientras nosotros intentábamos aprender, sobre la marcha, el funcionamiento de un restaurante y como el nuestro  era pequeño...
Los domingos, después de trabajar, nos la llevábamos a cenar a La Piccoleta, una pizzería cerca de Obispo Amigó y esa era toda la fiesta del fin de semana que nos permitían las obligaciones. Los veranos, Aqualandia y su piscina eran su territorio natural. Amparo la sentaba a la mesa como una más de la familia.
Algunas tardes, al recogerla del colegio de El Saler, nos acercábamos hasta el Carrefour de Alfafar, entonces Continente, y comprabámos cosas que se nos habían olvidado: un paquete de sal, galletas, algún capricho para cenar. La compra grande del restaurante se hacía por las mañanas, pero siempre te dejas algo. Cogió la costumbre de decirnos, en esas visitas al comercio ¿vale que eramos una familia normal? Tanto se empeñaba en aquel juego que un día le preguntamos, pero Helena, ¿qué es para tí una familia normal?Aquella que cuando va al hipermercado compra poco, los domingos no trabaja y pasea al perro. Sin darse cuenta, nos había dado las claves de lo que en realidad pasaba por su cabecita y las carencias que estaba viviendo.
Tengo la certeza de que se crió demasiado sola y, como muy bien expresó en una ocasión nuestro amigo Joan Roig, el problema es que nuestros amigos fueron los suyos y esa, la falta de amigos en su adolescencia, es una carencia que siempre arrastró.






En las fotos que he escaneado aparece con el abuelo plantando chopos durante las obras del restaurante. El abuelo le enseñó muchas cosas: a cuidar de los animales, a aletargar las anguilas en una bolsa de plástico con colillas de puro, a hacer ajo aceite a mano y cuajarlo tanto que, al darle la vuelta al mortero, no se cayera; a aliñar olives xafaes. El abuelo era su cómplice. Decía la escritora Carmen Martín Gaite que la diferencia entre los padres y los abuelos estriba en que estos últimos tienen las respuestas a las preguntas que los primeros todavía se están formulando. Un psicólogo me contó una vez que los nietos son un regalo de los dioses a los padres por no haber matado a sus hijos. El abuelo fue, durante su adolescencia, su refugio y su paño de lágrimas, por eso cuando murió fue la que más lloró y todavía hoy lo sigue echando de menos. Y por eso ella también le hizo su mejor regalo: a su hijo lo llamó Manuel.
Cuando Rubén Ruiz vino a trabajar con nosotros y a vivir con ella, el abuelo lo cogió por banda y le anunció mira, estas dos están locas. Se pasarán la mañana discutiendo y a la hora de comer se sentarán juntas a la mesa. No te metas por medio.
El año que pasé en Francia como estudiante Erasmus conseguimos cortar el cordón umbilical entre las dos. Me dejé una niña y al regresar me encontré con una mujer.
Hoy es dieciséis de octubre y cumple treinta años. Sabe que las coordenadas de espacio y tiempo son ficticias  dentro de nuestra imaginación y por eso esperará que llegue su abuelo, alegre y risueño con un ramo de treinta capullos rojos. También espera una carta de su madre. Hace mucho tiempo que ya no se escriben, como cuando era niña y siempre se las estaban mandando entre las dos para resolver los enfados. Sí, pero esta vez, no fallará el recado. Su madre, en sus ratos libres, ejerce como prestidigitadora de las emociones y hace malabarismos con las palabras.
 Se siente rara, lleva todo el año así, revuelta consigo misma, como si lo viejo no acabara de morir y lo nuevo no acabara de nacer. Y el abuelo, a la hora de comer y celebrar su aniversario, le susurrará otra vez a Rubén  al oido... No les hagas caso, están locas...

martes, 23 de septiembre de 2014

UN ELEFANTE Y CUARENTA BOCADILLOS


Hay muchas personas interesadas en saber por qué la oscarizada actriz Gwyneth Paltrow vino a parar a La Matandeta para grabar junto al cocinero italo-americano Mario Batali el programa dedicado a Valencia y a la paella y cuánto dinero nos costó participar en la serie Spain in the road, again. Empecemos por lo último: nada, absolutamente nada, es más, pagaron la comida de cerca de treinta personas que es a lo que subía el número de componentes del rodaje.
Pero la historia no empezó el 5  de marzo de 2.008, día de la grabación, día que Rafa Gálvez y yo celebrábamos veinticinco años de matrimonio. Como todos los buenos relatos, la historia comenzó a fraguarse bastantes años antes y así sucedió...

Era octubre y Helena tenía diecinueve años. Con la edad, para no perder la memoria, me apoyo en las asociaciones. Era octubre porque el 24 es el cumpleaños de Rafa Gálvez y nosotros, él y yo, Rafa Pérez y Mari Carmen Domingo de El Pelegrí, de Chiva andábamos por Mallorca para asistir al concurso de sumilleres de España en el que se presentó Bruno Murciano por la asociación valenciana.
Y Helena sé que acababa de cumplir los diecinueve porque tenía recién estrenado el carnet de conducir y porque su cumpleaños también es en octubre.
En el paisaje mallorquín se percibían  los últimos coletazos del verano  y en la Marjal había terminado la siega del arroz, mientras  recorríamos la carretera de Palma a Manacor para celebrar en Algaida y en el restaurante Ca'l Dimoni, el aniversario de Rafa con ses sopes mallorquines, que en realidad no lo son porque son secas y sin caldo. Durante todo el tiempo sonó el móvil y tuvimos a Helena colgada del hilo inexistente de la comunicación.
- Mamá, aquí al lado, en una era, están grabando un anuncio publicitario, hay un montón de gente.
Ha venido uno de ellos a pedirnos que les preparemos unos cuarenta bocadillos.
La Matandeta estaba cerrada cuatro días por descanso. Es muy raro que cerremos nunca más de una semana de vacaciones, nos las apañamos como podemos para descansar, y mira por dónde, hasta con la puerta cerrada, pueden ocurrir cosas importantes en el edificio de tu vida.
- Pues los preparáis, ¿para quién es el anuncio?
- Para El Corte Inglés. Han traido un elefante y están simulando  el paisaje de la India.
- Pero si nosotros no vendemos bocadillos. ¿De qué los preparamos?
- Coge el coche y vete al horno de El Saler.¿ No tenéis patatas, cebollas, huevos, fiambre, embutido, aceite de oliva, tomates...? Pues hacéis bocadillos.
- ¿Y qué cobramos de cada bocadillo?

Entre Helena, mi padre, Anie y el jovencito Miguel sirvieron la comida al equipo del anuncio de rebajas para El Corte Inglés: bocadillos con jamón y su pan con tomatito, tortilla de patatas con un pelín de cebolla y esponjosa por dentro, de mortadela y salchichón, de blanco y negro con francesa. En la variedad estuvo el gusto de los artistas cocineros, unas papas, unas olivas chafadas, pebreres poco picantes, cacaos, botes de bebida, naranjas de postre  y café de termo. Y el catering estuvo listo y servido.
Charly Pinsky, productor ejecutivo del asunto, debió de quedar contento porque un par de años más tarde volvió a aparecer por La Matandeta con la intención de grabar la preparación de una paella a leña. Pero hacía mucho viento y se marchó a L' Alter de Picassent.
Un año después vino de nuevo a comer con un par de compañeros y ahí tuvo lugar nuestro primer diálogo:
- ¿De dónde eres?
- De Nueva York.
- Mira, como Woody Allen, pero tú eres más guapo y más simpático.

La cosa de esta historia tiene gracia, porque tres meses después de que Manuel llegara al mundo, volvimos a cerrar una semana de descanso. Rafa Gálvez partió de nuevo a una reunión de sumilleres esta vez a Málaga; Helena y Rubén, un corto viaje de enamorados a Granada y Manuel y yo nos quedamos montando guardia en La Matandeta, con libros, películas y biberones cada tres horas.
Y volvió a suceder...http://www.spainontheroadagain.com/vv_valencia.shtml.







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Volvió a suceder que con La Matandeta cerrada al público sonara el teléfono y me dijeran desde la Agencia Valenciana de Turismo que al día siguiente llegaría un productor americano para hablar con nosotros acerca de una grabación.
Y al día siguiente, llegó primero Rafa, que se puso un poco nervioso al ver que no acudía nadie a la cita y era nuestro último día de vacaciones, hacía sol y sería muy agradable comer en la playa de Pinedo y pasear a Manuel en su carrito.
Pero desde el otro lado del teléfono, un técnico de la Agencia insistía e insistía en que no nos moviéramos de allí, que los americanos llegarían y que aquello era muy importante para nosotros.
Con hora y media de retraso sobre la hora convenida, apareció un todo terreno del que bajaron un joven asturiano con barba, un japonés y ... el inefable Charly Pinsky, el neoyorquino como Woody Allen, pero más simpático. Solo les pudimos ofrecer unas cervezas y unas papas, pero él nos enseñó en su ordenador la serie que andaba grabando por toda España Spain in the road, again con  Paltrow y un cocinero que era a los Estados Unidos lo que Adriá a Europa.
Charly, que habla un perfecto castellano, nos contó que nos había elegido para grabar el capítulo de la paella porque siempre recordaba con agradecimiento el día que aquella jovencita morena le resolvió la papeleta al prepararle una improvisada comida para cuarenta personas.

El día de la grabación, como ya dije antes, fue un cinco de marzo, día ventoso donde los hubiera.
Recuerdo que vinieron algunos amigos nuestros a ver cómo trabajaban y sobre todo, a conocer de cerca a la bellísima Gwyneth Paltrow, pero no nos dejaron tomar fotos, cosas de la imagen de las estrellas.
También recuerdo que el técnico de la Agencia Valenciana de Turismo, Juantxo Llantada, me repetía entusiasmado, María Dolores, ¿eres consciente de que os van a ver ciento treinta millones de personas en todo el mundo? Ya será alguno menos, le contestaba yo, escéptica.
Lo bien cierto, es que desde que se empezó a emitir en cadenas de televisión, primero americanas, y después de cualquier parte del orbe, por La Matandeta no dejan de aparecer ciudadanos del cosmos que con patente de viajeros, preguntan dónde está Manuelo, el maestro zen de la paella, mi padre, que murió  justo un año después, el 22 de marzo, convencido de que en cuanto cerrara los ojos, desaparecería del mundo sin que lo recordaran y mira por dónde hasta la coreana Sunnie Wonsun Yang, llegó desde Seul preguntando por él, con una edición del libro de la serie, editado en coreano.
Dicen que la casualidad no existe, que siempre hay algo o alguien que la provocan. En esta ocasión fueron un elefante y cuarenta bocadillos.
Salve y que lo pasen muy bien. Yo, el domingo me voy a ver a Derek Moxon, mi casero inglés en Francia, Ya les cuento, un beso y feliz otoño.




http://youtu.be/AXeTp_LPKyE